domingo, 12 de marzo de 2017

La Sexta: hegemonía progre



Progres, progres everywhere
Recuerdo que, al leer esta noticia el pasado noviembre, me propuse escribir sobre un tema que me viene interesando y quitando el sueño desde hace varios años: La Sexta y el nada desdeñable rol de intelectual orgánico de la progresía española que gustosamente ha ejercido y ejerce de un tiempo a esta parte. Cuatro meses ya desde que el CIS revelara ese sorpasso mediático de la cadena de Atresmedia sobre TVE como principal referente informativo, ya va siendo hora de juntar unas letritas al respecto. Ruego a mis estimados lectores y lectoras que disculpen la demora y la sequía literaria que ha atravesado el blog últimamente. Pero bueno, esto es Felices Mierdas, qué hostias queréis.

Una clara apuesta por llevar la política a la pequeña pantalla 

En la última década -a raíz del estallido de la crisis económica, principalmente-, se ha producido un indiscutible aumento del interés de la ciudadanía española por la política. Por razones obvias, al haber disminuido el nivel de vida de las clases medias y subalternas, temas como la economía, la corrupción y las cuestiones sociales comenzaron a hacerse un hueco en las sobremesas de las tabernas ibéricas, llegando progresivamente a copar todos los espacios del debate público. Como todo lo que interesa da audiencia (y viceversa), la mayoría de las televisiones no tardaron en advertir esta politización y optaron por ofrecer un poco menos de fútbol y de prensa rosa y más contenido social en sus respectivas carteleras. Así, en un país donde siempre había estado mal visto hablar de política, esta entró por la puerta grande en la caja tonta. Y La Sexta es, sin discusión, la cadena que mejor entendió su potencial como producto mediático, seguramente porque apostó por ello desde su origen. Recuerdo Sexto Sentido, un programa de entrevistas presentado por Mamen Mendizábal, Helena Resano y Cristina Villanueva en 2006/2007 -primer año de vida del canal-, que no tuvo éxito simplemente porque, en esos años de relativa bonanza económica, el pueblo español tenía preocupaciones menos edificantes.   

El caso es que el canal verde ha mostrado siempre una intención de politizar la parrilla televisiva, habiendo llegado hasta un punto en el que es difícil encontrar un minuto del día en el que uno sintonice el dial 6 y no encuentre en su pantalla a un progre diciendo cosas de progre. Desde la denuncia social del “incómodo” Jordi Évole en Salvados (quizás, aún con sus límites, el programa más antisistema que uno pueda encontrar en un medio de comunicación de masas), hasta los “mordaces” e “hilarantes” comentarios del Gran Wyoming en El Intermedio, pasando por el periodismo “contestatario” y “carente de ideología” -todas estas comillas pretenden ser sarcásticas, sí- enarbolado por el matrimonio Pastor-Ferreras, sumado a los Javier Aroca, Elisa Beni o cualquier tertuliano de La Sexta Noche que se enfrente en buena lid al enternecedor dúo Inda-Marhuenda, conforman desde hace años un elenco de progres de incontestable parangón que ha convertido a esta cadena en la más politizada del panorama televisivo actual. Y así se explica que, según el CIS de noviembre, sea la principal opción de los españoles a la hora de informarse, así como su trascendental papel como creadora de discurso y argumentario socialdemócrata.

¿Es La Sexta de izquierdas? 

Si La Sexta ofrece un contenido que se desmarca notablemente del relato hegemónico liberal-conservador no lo hace para transgredir, sino para acercarse a un target determinado, más a la izquierda del centro político. Cabe señalar que izquierda y derecha son siempre conceptos relativos, dependientes de un contexto que ya viene dado (no era lo mismo ser de derechas en la URSS de 1935 que en la España de 2017, por poner un ejemplo). Ese contexto no es sino el sentido común de la gente de un colectivo determinado en una época determinada, siempre contingente y susceptible de resignificación, y por ello permanentemente en disputa entre actores con capacidad de comunicación y producción hegemónica. Y este último matiz es importante: por supuesto que tenemos prensa independiente, autofinanciada y libre, con contenido anticapitalista, pero con un poder de influencia muy limitado en comparación con el de los grandes grupos de comunicación. Incluso en la época de Internet, en la que supuestamente nos hemos acercado como nunca antes a una democratización de la información, en la que cualquier rojeras barbilampiño puede hacerse una cuenta de Youtube o un Blog de mierda y construir hegemonía entre sus hermanos proletarios, el cuarto poder está en el papel y, cómo no, en la televisión. En los grandes periódicos y en las grandes televisiones, para ser más exactos. Y, nos guste o no, lo más transgresor que la ciudadanía española puede consumir entre los medios realmente influyentes es este capricho personal del Marqués de Lara, que quiso conseguir con La Sexta el dinero y los espectadores a los que jamás habría podido acceder con sus productos destinados a una audiencia más conservadora, como Antena3 y La Razón. No hay que olvidar que el principal objetivo de un medio privado no es informar, ni formar, ni siquiera entretener, sino -al igual que el de cualquier empresa- el beneficio económico. Por lo tanto, conviene no obviar nunca los límites de una televisión burguesa y privada donde impera la lógica de mercado, independientemente de lo subversivos que puedan resultar sus contenidos.

Un clásico argumento liberal es que el monopolio tiende a uniformizar, mientras que la competencia crea diversidad. Así, el intervencionismo y la burocracia estatal desembocan en una prensa única y totalitaria, mientras que en las democracias burguesas fervientemente entregadas al libre mercado contamos con un inmenso abanico de propuestas y discursos diferentes que garantizan el pluralismo. La cruda realidad es que el liberalismo también opera con la lógica del pensamiento único, pero de una manera mucho más sutil que la burda propaganda unipartidista: el liberalismo crea pensamiento único a través de –y por paradójico que pueda resultar- la dicotomía: PP vs PSOE, Coca Cola vs Pepsi, Zara vs Mango, La Sexta vs Antena 3, o incluso el binarismo de género. No hay nada mejor para el éxito económico que polarizar un mercado entre dos opciones teóricamente antagónicas que, disputándose el centro, difieran en lo accesorio y converjan en lo fundamental, dejando fuera y condenando al ostracismo a toda opción que parta desde fuera de esas fronteras. Así, en nuestro panorama mediático, La Sexta denota claramente el límite a la izquierda de las propuestas y perspectivas políticas aceptables para el establishment. Siendo todo lo agitadora que la dejen ser, cumple un papel de disidencia controlada que, aún con un discurso presuntamente rebelde, empapa de legitimidad al poder, pues dota a este de una apariencia de pluralismo y de libertad que jamás podría conseguir la propaganda laudatoria propia de las dictaduras. 

Palos y zanahorias a Podemos

"Pablo, id tirando que el niño se duerme"

Resulta difícil imaginar la efervescencia que experimentó la formación morada a principios de 2014 sin la popularidad que precisamente había adquirido Pablo Iglesias a base de discutir con Eduardo Inda en el plató de La Sexta Noche. Además, no es complicado percibir la simpatía de Ferreras y varios de sus compañeros por el partido de Vistalegre, por lo que se ha creado en el imaginario colectivo una suerte de tándem relativamente articulado entre unos y otros. Las interpretaciones más obtusas y facilonas de este fenómeno, tanto desde la derecha rancia como la izquierda extraparlamentaria, han acusado durante los últimos años a La Sexta de aupar mediáticamente a la nueva fuerza política. Y esto es en parte cierto: de hecho, según la noticia adjuntada al inicio de este escrito, más de la mitad de espectadores que se informan a través de la cadena verde son votantes de Podemos.

Sin embargo, me gustaría señalar un par de cuestiones sobre la indiscutible sintonía entre Podemos y la cadena de Atresmedia. ¿Expone hasta la extenuación La Sexta a su partido fetiche por simpatía política o porque le genera audiencia? Esta sobreexposición, más basada en el partido y en sus rostros que en sus propuestas, más centrada en sus escándalos que en sus programas, ¿beneficia realmente a Podemos? Ese buen trato de Ferreras a Iglesias y a los suyos, ¿es enaltecimiento o domesticación? Ha habido y hay una dinámica bastante bien acompasada en  Al Rojo Vivo cuando los púrpuras ocupan el punto del día: el facha de turno critica a la persona de Podemos en cuestión por antisistema, el presentador lo defiende colocando a Podemos dentro del sistema -"¡Qué va a ser Podemos como Venezuela/ETA/Irán, hombre! Esta gente defiende la legalidad imperante, la democracia y el estado de derecho"-, favoreciendo así la representación simbólica de un Podemos determinado, conectando con la facción más moderada, sumisa, amable y descafeinada de la formación. 

Nos queda entonces una relación complicada y llena de claroscuros entre televisión y partido político. La citada sobreexposición ha acabado convirtiéndose muchas veces en un regalo envenenado para Podemos, que ha visto así cómo se acentuaba su eterno dilema entre un discurso plebeyo o uno transversal. Si se desea la promoción de determinados medios al servicio del capital, uno ha de estar preparado para ejecutar ciertas concesiones ideológicas que derivan en una excesiva moderación del relato. En cambio, si se opta por la impugnación de lo existente, por el "de fuera a dentro" del que -en opinión de quien escribe- subyacen los principales puntos fuertes de Podemos, las manipulaciones, las campañas mediáticas, los zarpazos y la demonización son ineludibles. Y ese odio de la prensa burguesa daña y estorba, pero siempre va a ser garantía de que algo se está haciendo bien. En cualquier caso, se ha de tener en cuenta que los medios en general operan en la encrucijada que divide a las múltiples sensibilidades de Podemos, y no hay que obviar nunca los riesgos que esto conlleva. Pues La Sexta es la cara más amable del régimen, pero precisamente por ello es una de las más peligrosas.

sábado, 5 de noviembre de 2016

Borat, lecciones culturales de un genio judío para beneficio de Occidente



Un tanga y una película para la historia


 "- En este país los que se besan son los que van mariposeando. Aléjese de los que dan besos.

- En mi país cogen a ellos, luego van a cárcel, y allí acabados.

- Eso es lo que intentamos hacer aquí."

Conversación entre Borat y un ciudadano norteamericano en el rodeo. 

Recientemente se han cumplido 10 años del estreno cinematográfico de Borat: Cultural Learnings of America for Make Benefit Glorious Nation of Kazakhstan y, al igual que hiciera con Idiocracia en el bautismo de fuego de este modesto pero orgulloso blog, me gustaría dedicarle a la película un par de párrafos para honrar y celebrar con divertido y gracioso retraso (cronológico) el cumplimiento de tan redonda efeméride. 

Tras desvirgarse en el celuloide con la divertida, púber y porreta Ali G anda suelto (2002), Sacha Baron Cohen volvió a llevar en 2006 a la gran pantalla a uno de los personajes que le hicieron famoso en las televisiones de Gran Bretaña y Estados Unidos. El resultado fue este mockumentary, género con el que el judío ha consumado sus más gloriosas obras, en opinión de quien escribe. Bruno (otro film protagonizado por un personaje creado anteriormente por Cohen para la pequeña pantalla) se encargaría de confirmar en 2009 que el falso documental y las cámaras ocultas forman el marco perfecto para las gamberras, extremas, escatológicas, suicidas y siempre vergonzantes barrabasadas del humorista. De hecho, ni El Dictador (2012) ni Agente Contrainteligente (2016), más cercanas a comedias de índole más convencional (aunque también impregnas del inconfundible estilo de su protagonista), consiguen acercarse siquiera a sus predecesoras en cuanto a hilaridad, y uno sospecha que ello responde no sólo a cuestiones de calidad, sino también de formato. 

Al lío. Borat Sagdiyev es un periodista kazajo con la misión de grabar un reportaje sobre el folclore norteamericano, en aras de extraer enseñanzas de la mayor democracia del mundo para su atrasado país, donde el violador de pueblo campa a sus anchas y el mecánico es también el abortador oficial -el gobierno de Kazajistán vituperó la película al sentirse, no sin razón, ofendido por el contenido, aunque más adelante cambiaría su parecer ante los beneficios turísticos que resultaron del éxito de la cinta-. El salvaje contraste entre las costumbres yankees y la medieval ideología del reportero centroasiático es el hilo conductor de esta retahíla de encontronazos culturales, chabacanas desventuras, y, por supuesto, repugnantes e innecesariamente explícitos momentos ‘made in Sacha’. La inenarrable pelea nudista entre Borat y su ayudante Azamat (Ken Davitian) y la escena en la que nuestro héroe muestra sus propias heces y estampas del nada desdeñable bálano de su hijo adolescente a la distinguida familia que pretende presentarle en sociedad, entre otras inolvidables escenas, provocan risa, incomodidad y vergüenza ajena como pocas cosas. Si Baron Cohen está considerado uno de los grandes en cuanto a incorrección política y transgresión, estos 80 minutos tienen gran parte de culpa. 

No obstante, la grandeza de esta obra no arraiga únicamente en su bestial comicidad. Tampoco en su legendario arranque, seguramente entre los mejores de la historia del séptimo arte. Ni siquiera en las presuntamente antagónicas diferencias entre el antisemita y misógino Borat y el civilizado país que visita. Borat es todo lo contrario, Borat es principalmente (y no hace falta ser especialmente perspicaz para cerciorarse de ello), una lúcida parodia de la decadencia espiritual de occidente en general y Estados Unidos en particular. Al igual que en Bruno, Sacha Baron Cohen utiliza un personaje completamente amoral e impresentable para, en confrontación con el statu quo, mostrar las miserias de la cultura yankee en toda su esencia. Y precisamente ahí se constata que el falso documental es el género ideal para que luzca la irreverente sátira tan característica del actor judío. Porque si algo demuestra esta película es que la realidad supera a la ficción. Que en la tierra de la libertad, heredera del racionalismo, la democracia, la ilustración y los valores más elevados existe un racismo, una homofobia, un machismo y una ignorancia que dejan en un juego de niños al propio Borat, que no es sino la estereotipada caricatura que nos pintan a diario de países musulmanes de cuya (atribuida) bajeza ética y cultural quizás no estemos tan lejos. Esta idea alcanza su cénit en la visita del kazajo al rodeo, donde un graderío abarrotado de potenciales votantes de Donald Trump (o de Hillary Clinton, por qué no) aplaude sin rubor las barbaridades beligerantes que el reportero va despotricando durante su arenga de apoyo a EEUU en su intervención en Irak.

Este largometraje ganó un Globo de Oro al mejor actor en una comedia o musical y recibió una nominación al Oscar al mejor guion adaptado. Nada mal, teniendo en cuenta lo underground del proyecto y lo difícil que es que tomen en serio a un cómico en la escena audiovisual donde impera la creencia de que el humor no es capaz de plantear reflexiones interesantes. Pero la única verdad es que, independientemente del género y de la temática, hay películas buenas, películas malas, y películas mierda. Y Borat es una de las primeras. Por favor, ustedes ver.

viernes, 30 de septiembre de 2016

¿Se va el PSOE definitivamente a la mierda?


Cuando el plazo para volver a intentar formar gobierno apenas supera los 30 días, el Partido Socialista Obrero Español se encuentra sumido en una crisis sin precedentes, provocada por las incendiarias declaraciones de Felipe González, según las cuales Pedro Sánchez habría faltado a su promesa de abstenerse en el segundo intento de investidura de Rajoy. El rechazo del histórico dirigente (principal representante junto a Susana Díaz, Cebrián y El País de una suerte de vieja guardia socialista que nunca ha visto con malos ojos apoyar de forma tácita un gobierno del PP), ha desembocado en 17 dimisiones del sector crítico en la ejecutiva, que no pretenden sino la salida de Sánchez. El todavía secretario general, sabedor del apoyo que le profesa la militancia, ha mantenido su intención de convocar unas primarias para noviembre en el Comité Federal del próximo sábado. Tenemos, pues, un cisma que amenaza con sedimentar en una irreversible degeneración del partido que podría alcanzar su cénit (o tocar fondo, según se mire) en la pasokización*.

No hace falta explicar por qué la guerra interna que se respira en el seno del que haya sido el principal partido del llamado régimen del 78 supone per se un momento histórico de vital importancia política más allá de Ferraz. Conviene analizar bien las causas de la encrucijada socialista y preguntarse qué clase de escenario cabría esperar de confirmarse el óbito del puño y la rosa.

Cuando las contradicciones te estallan en la cara 

El Partido Socialista se ha constituido históricamente como la columna vertebral del sistema político naciente del final de la dictadura franquista. Tras la liquidación de Llopis y demás líderes históricos en el Congreso de Suresnes, la posterior renuncia al marxismo en 1979, y encabezado por el carisma y el atractivo de González, supo transmitir cambio y seguridad en el marco de la transición, donde el miedo fue un actor a tener en cuenta (sobre este tema, conviene leer El PCE y el PSOE en (la) Transición, de Juan Andrade). Una vez en el gobierno, supo aglutinar las demandas de una clase media incipiente, supo encarnar la modernización que desprendía la entrada en Europa y supo ser la organización que más se parecía a España. Y, por supuesto, supo ocupar el hemisferio izquierdo de un bipartidismo que prosperó años y años, acercándose a la perfección en la segunda legislatura de Zapatero, en la que los dos partidos del turno sumaban alrededor del 85% de los votos. Como poli bueno, como centro izquierda del régimen, el PSOE siempre ha sido concebido en el imaginario colectivo como una fuerza progresista y más o menos de izquierdas, algo totalmente incompatible con las políticas que tradicionalmente ha llevado a cabo. No obstante, hay que reconocer que la farsa funcionó más de lo deseable: el tan manido “PSOE y PP, la misma mierda es”, la idea de que desde Ferraz se defendían los mismos intereses que desde Génova, no empieza a calar en un sector amplio de la población hasta el 15M. 

Unos años antes, la crisis financiera de 2008 había empezado a poner en evidencia las muchas contradicciones que llevaba cabalgando durante mucho tiempo el partido socialdemócrata. Es en ese periodo donde se percibe de forma cristalina la imposibilidad de realizar políticas redistributivas en una Unión Europea tan neoliberal que no tolera ni el reformismo, la destrucción de las expectativas de vida de las clases medias, la sumisión de Zapatero y de sus homólogos europeos a las exigencias económicas de la Troika y la formación de un escenario post-político en el que prima la gestión racional de lo público sobre la ideología, las pasiones o los proyectos de país. A esta serie de problemas, perfectamente extrapolables a las democracias del entorno, hay que sumar un elemento que, de momento, sólo ha acontecido en España (y, algo antes, en Grecia): la aparición de un partido que amenazaba con tomar desde la izquierda el viejo espacio socialdemócrata. Un partido cuya juventud, maneras rompedoras e impía naturaleza constataban por contraste el cansancio, la vejez y la ausencia de ideología del PSOE. 

Todo esto iba a poner sobre la mesa una verdad demoledora: en lo fundamental, conservadores y progresistas están siempre de acuerdo. Todo esto es lo que ha estallado en el seno socialista y lo que ha certificado la existencia de dos almas dentro del partido: una socioliberal, arribista, con alma de régimen, pocos escrúpulos y nulas convicciones políticas, representada por la citada vieja guardia, para la que hasta Pedro Sánchez (o, en el pasado, Josep Borrell) supone un peligro. Otra, supuestamente progresista pero algo ingenua, siempre engañada y traicionada por la cúpula, encarnada tradicionalmente en la militancia. No obstante, convendría no idealizar a esta última como se ha hecho muchas otras veces, ya que ni por multitud (menos de 200.000 militantes en todo el Estado) ni por ideología ha demostrado fuertes convicciones reformistas. No olvidemos que esa misma militancia votó al desconocido pero apuesto Pedro Sánchez antes que a Pérez Tapias, el candidato de las últimas primarias que más podría merecer el calificativo de socialdemócrata. Ni que el propio Sánchez prefirió y preferiría gobernar con Ciudadanos antes que con otras fuerzas más progresistas. Además, sería demasiado benévolo para con el PSOE dotar a esta lluvia de cuchillos de honroso contenido ideológico cuando realmente sólo hay voluntad de poder y poltrona. El problema fundamental, lo único que realmente importa, es que las históricas incompatibilidades entre apariencias y acciones del partido que fundara Pablo Iglesias Posse han estallado como nunca antes. Y que, en segundo plano, aguarda paciente una joven organización dispuesta a rentabilizar lo que puede ser la defunción socialista. 


El regalo envenenado de Podemos

Resulta extremadamente complicado imaginarse esta inestabilidad sin el incesante empeño que ha puesto Podemos desde su nacimiento en dinamitar las contradicciones del PSOE. Como se ha dicho anteriormente, la formación púrpura siempre ha aspirado a invadir el espacio electoral y político ocupado desde hace décadas (desde la transición, principalmente) por socialistas, por lo que provocar y ahondar en esa inestabilidad se presentaba imprescindible. No es ningún secreto que Pablo Iglesias Turrión y los suyos hayan teorizado una y otra y otra y otra vez sobre la ventana de oportunidad que florecía para la izquierda transformadora a tenor de la crisis de la socialdemocracia europea en general y del partido de Ferraz en particular. 

Una vez conseguida la irrupción en las Cortes Generales, poco iba a tardar ‘Coleta Morada’ en advertir a Pedro Sánchez de la particular espada de Damocles que pendía sobre su testa. Desde el primer momento, Podemos mostró su deseo de formar un gobierno de progreso y alternativo a Rajoy junto a socialistas y otras fuerzas del cambio. Para muchos era un enésimo y traicionero paso hacia la moderación de Iglesias y los suyos. Para otros (a los que hoy el tiempo parece dar la razón), un mefistofélico farol, una oferta que Sánchez no podía aceptar. La insistencia de Iglesias y los suyos no hacía sino acercar al PSOE a una encrucijada, hacia un punto de no retorno. Sánchez tendría que tomar partido entre el PP y Podemos, tendría que posicionarse en clave de régimen o abrazar unas políticas de izquierda que un sector importante de su partido jamás consentiría. Optó por ganar tiempo: lo intentó con Ciudadanos, huyó hacia adelante como pudo… pero su firmeza en el ‘no’ a Rajoy ha terminado por hacer insostenibles las tiranteces entre secretario general y barones. Si el objetivo de los púrpuras era efectivamente incendiar Ferraz, el resultado es incuestionable.

En definitiva, el panorama se presenta desolador para los socialistas, tanto si la vieja guardia termina por tomar las riendas como si Sánchez consigue salir con vida de la feroz caza de brujas a la que se enfrenta estos días. Si bien en otras ocasiones (principalmente en los últimos años) se ha anunciado antes de tiempo el hundimiento definitivo, ni los más veteranos recuerdan una inconsistencia semejante en el seno del partido. En cualquier caso, los enemigos de la oligarquía (y por ende del Patido Socialista Obrero Español) bien podemos sentarnos y disfrutar viendo cómo arde un órgano importantísimo del régimen.

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*'Pasokización' es un término proveniente del hundimiento electoral del Movimiento Socialista Panhelénico o PASOK, considerado históricamente el homólogo griego del PSOE, que se ha convertido en los últimos años en una fuerza residual en detrimento de Syriza. La pasokización ha sido siempre un objetivo capital de Podemos en su lucha por ocupar el espacio tradicional socialdemócrata.