sábado, 16 de diciembre de 2017

La maquiavélica grandeza de Palpatine: Oda al villano definitivo


"No sin una enorme reticencia, he accedido a este ruego. Yo amo la democracia. Amo la República. En el momento en que esta crisis haya remitido, renunciaré al poder que me otorgáis".

Sheev Palpatine (Star Wars. Episodio IIEl ataque de los clones, 2002)

El viernes 15 de diciembre se estrenó en taquillas españolas Los Últimos Jedi, el octavo episodio de la space opera por antonomasia. El retorno de Star Wars en estas fechas tan señaladas ha supuesto una vez más que el Yomvi de un amigo que llevo años parasitando alegremente haya puesto a mi entera disposición todas y cada una de las películas del universo más emblemático que haya concebido la ciencia ficción. Esto, coincidiendo con un inoportuno constipado y un invierno copado de innegociables precipitaciones cantábricas, me ha llevado a otra exhaustiva revisión de las obras que hicieran famoso y millonario a George Lucas. Especialmente de los tres primeros episodios, los pertenecientes a la tan denostada trilogía de precuelas de finales de siglo pasado. Trilogía en favor de la cual pienso romper una lanza en estas líneas, aun a riesgo de ganarme la animadversión del séquito más purista de la saga. 

Reivindico estas tres obras por la nostalgia que despiertan en mí y en la generación de los 90 y que, evidentemente, los fans más longevos sólo pueden experimentar con la trilogía original. También por la obra maestra que es La Venganza de los Sith, o por temas musicales que enriquecen el ya de por sí majestuoso trabajo de John Williams. Como puede ser la estremecedora Across The Stars, que enamora o desgarra según requiera el devenir de la melosa relación entre Anakin y Padme, y que bien merece un puesto entre las mejores canciones de una de las BSO más imprescindibles de la historia del celuloide. Asimismo, la poderosa Duel of the Fates envuelve a la perfección la imponente presencia de Darth Maul, el diabólico sith que, al igual que Qui Gon Jinn, contribuye a engrandecer el inabarcable abanico de personajes de Star Wars. Pero, sobre todas las cosas, lo que podemos y debemos agradecer a estos tres episodios es la historia de la irrupción y llegada al poder del que es el señor de todos los villanos. Y no hablamos de Darth Vader, sino de su maestro y descubridor: Sheev Paplatine, o Darth Sidious, el Emperador del Imperio Galáctico más poderoso que se haya conocido. A través de sus mefistofélicos ardides, y con la intención de crear expectativas para el Episodio VIII, hoy desgranamos el profundo trasfondo político de la Guerra de las Galaxias.

Palpatine malmetiendo en el Senado
Episodio I: Guerra económica contra la democracia

La política es un elemento central de las precuelas, que nos presentan el funcionamiento del Parlamento de la República Galáctica antes de tornarse Imperio. Al contrario que en los filmes pertenecientes a la trilogía original, donde el conflicto entre un sistema totalitario y una romántica guerrilla es bastante maniqueo y arquetípico, los tres primeros episodios de Star Wars escenifican una heterodoxa lucha por el poder entre burócratas, Jedis, lado oscuro y poder económico, en la que ningún agente está exento de contradicciones -como bien muestra este artículo-. Los créditos iniciales de La amenaza fantasma nos informan de que la Federación de Comercio está planeando el bloqueo del pequeño planeta de Naboo, cuya soberanía económica atenta contra los intereses de la corporación transnacional. La burguesía nemoidiana, armada por un poderoso ejército droide privado, con escaño propio en el Senado -pareciera el sueño húmedo de todo neoliberal- y liderada por el Virrey Nute Gunray, lacayo a su vez de Lord Sidious, simboliza la contradicción irresoluble entre propiedad privada y democracia. La Federación de Comercio es el TTIP, los Chicago Boys asesorando a Pinochet en Chile, la Troika dictando sus medidas austericidas al sur de Europa o la deuda que impone el FMI al Tercer mundo como mecanismo neocolonial en aras de perpetuar la desigualdad económica entre centro y periferia. Simpatizante del Partido Demócrata, George Lucas nos presenta a las multinacionales -en su alegoría galáctica, recordamos, supeditadas al lado oscuro- como un enemigo necesario de la democracia y la república, y no es difícil vislumbrar una crítica al capitalismo y una honrosa condena a sus crímenes a través de la sanguinaria invasión militar que ejerce la Federación sobre naciones soberanas. 

Al otro lado del cuadrilátero resiste con dignidad y pueblo -tanto humano como gungan- Naboo, un pacífico planeta afiliado a la República Galáctica. A pesar de ser una monarquía permanentemente regentada por adolescentes preparadas desde su infancia para la vida política, se percibe una conciencia democrática en el espíritu de Naboo, encarnado en la Reina Amidala. Si la Federación es la voraz e insaciable búsqueda del incremento de la tasa de ganancia capitalista, que no conoce ni ve límites ni en los derechos humanos más elementales, Padme es la autonomía de la política y la resistencia frente al imperio. Como lo sería su hija Leia veinte años después -resulta curioso encontrar personajes femeninos tan interesantes y empoderados en una saga que, si pasa el Test de Bechdel, es de puro milagro-, Amidala es la política definitiva, que entiende que la batalla por el poder puede ser ajedrez o boxeo. Sea disparando al invasor junto a su pueblo, participando activamente en el rescate de un Jedi que termina desencadenando una Guerra Civil interplanetaria o enfrentándose a los burócratas en el decadente Parlamento de la República, la Reina -por paradójico que pueda resultar- es la dignidad de una democracia que se resiste al avance de la tiranía, es la política evitando ser prostituida por la economía. 

Y, como no podría ser de otra forma, encontramos en el Estado -la República- el moderador natural del conflicto entre capital y trabajo. El Senado Galáctico recuerda en sus vicios a las democracias occidentales burguesas en general y al Parlamento Europeo en particular, en tanto que una suerte de confederación de naciones notablemente alejada de la ciudadanía, con escaso poder ejecutivo y en la que una burocracia corrupta y parásita campa a sus anchas. Donde un veterano diputado de Naboo, el respetado y respetable Sheev Palpatine, se mueve como pez en el agua. Cuando Amidala denuncia en el hemiciclo la invasión que está sufriendo su pueblo a manos de la Federación de Comercio, Palpatine muestra a su compatriota cómo una casta política comprada por el Virrey Gunray -y, por ende, por él mismo- se basta para entorpecer y postergar cualquier proceso en Coruscant. Padme presenta entonces una moción de censura contra el Canciller Valorum, cuya votación desemboca en la elección del propio Palpatine como nuevo Canciller. No obstante, la reina regresa a Naboo, entendiendo que al ejército droide de los nemoidianos no lo ha de derrotar la politiquería de la anquilosada burocracia de la glamourosa Coruscant, sino la reconciliación y organización armada con el pueblo gungan. En cualquier caso, el Lord tenebroso Darth Sidious finaliza la primera película al frente del principal órgano legislativo y ejecutivo de la galaxia sin dejar al descubierto ni un ápice de sus aviesas intenciones. 

Palpatine proclamando el Imperio Galáctico
Episodio II: Falsa bandera y Guerra Civil

El Ataque de los clones suele ser considerada, junto a su predecesora, como la más floja de todas las películas de Star Wars, pero también alberga un trasfondo político digno de análisis. En este segundo episodio, el enemigo a batir es la Confederación de Sistemas Independientes, también llamados separatistas. A la Federación de Comercio se le unen sistemas descontentos con la decadente República, instituciones “transplanetarias” como el Clan Bancario y el Gremio de Comerciantes y, por encima de todos, el Conde Dooku, un ex jedi que, como tantos Figo intergalácticos antes y después, ha pasado a las órdenes y enseñanzas de un Sith, corrompido por promesas de un mayor poder. Todos estos agentes políticos conspiran y unen fuerzas para asesinar a la ex Reina Amidala -ahora en el Senado- y formar un ejército droide que doblegue a los Jedi, único estamento armado en favor de la República. En la sombra, como mano que mece la cuna, Darth Sidious mueve los hilos apareciendo con cuentagotas. 

Mientras, un Obi Wan Kenobi que ya ostenta condición de Maestro Jedi descubre en una misión en Kamino que se ha creado un descomunal ejército clon para la República por encargo de Sifo-Dyas, un jedi fallecido años atrás. Se trata de millones de soldados diseñados específicamente para acatar órdenes sin ningún espíritu crítico, cuya creación responde a intereses más oscuros. En realidad, es Dooku -a órdenes de Sidious- quien suplanta a Sifo-Dyas y solicita el Ejército, que gustosamente será asumido por una República amenazada militarmente por una coalición militar reaccionaria. El parlamento decide otorgar entre vítores poderes especiales al reputado Canciller para obrar con más determinación en un momento de excepcionalidad política. Sheev Palpatine, con la legitimidad histórica que le otorga la existencia de un enemigo que él mismo alimenta y dirige en la sombra, acepta, “a regañadientes”, un mayor poder para proclamar un ejército solicitado por él mismo que combata a otro ejército que él mismo lidera. Esta oda a la maldad, esta arquitectura tan genial como maquiavélica sedimenta en la batalla del coliseo de Geonosis, finalizada la cual comienzan oficialmente las Guerras Clon. 

El conflicto armado entre droides separatistas y clones republicanos es una clara representación de la Guerra de Secesión americana en la que se midieron la élite terrateniente esclavista sureña por un lado y la burguesía incipiente de La Unión por otro. No por casualidad Lucas bautiza a la formación liderada por el Conde Dooku como Confederación. Con el valor añadido de que, en la alegoría Star Wars, tanto el feudalismo como el capitalismo van guiados por un mismo poder oscuro. Sin embargo, el aumento del militarismo supuestamente fundamentado en la guerra contra el terror, la creación simbólica y la financiación económica de un enemigo que justifica tanto un mayor autoritarismo y un ataque a las libertades civiles a nivel interno como una serie de intervenciones bélicas en el exterior que hagan girar la rueda del negocio de la guerra, bien pueden ser también un retrato del modus operandi del Gobierno de Estados Unidos, así como la simbiosis que estos conforman con las petromonarquías y el terrorismo islámico. O del ascenso al poder de Hitler tras la quema del Reichstag, por poner un ejemplo más paradigmático. O la Operación Gladio en Europa, o cualquier acto de bandera falsa, en última instancia. Ahí radica la grandeza de Palpatine como supervillano, en que es tan real como la vida misma.

Palpatine malmetiendo en la ópera
Episodio III: El arte del autogolpe

Finalizan las precuelas con La Venganza de los Sith, sin duda uno de los mejores largos de toda la saga y, en opinión de quien escribe, el único comparable a El Imperio Contraataca. En estas dos horas largas de puritita épica se descubre que Sheev Palpatine, el estadista, el hombre de orden de intachable renombre en toda la Galaxia, es en realidad la encarnación del lado oscuro de la fuerza. En las postrimerías de su plan genial para la formación del Imperio, Darth Sidious recluta para la causa a la gran esperanza blanca de la Orden Jedi y extermina al resto de sus enemigos. El proceso, una vez más, está cargado de sutiles triquiñuelas y conspiraciones en la sombra. 

El hilo central de este tercer episodio es la cooptación y corrupción de Anakin Skywalker por el Canciller. Según una sacrosanta profecía jedi, Skywalker está llamado a traer el equilibrio a la fuerza , razón por la cual Qui Gon lo libera de la esclavitud a la que estaba condenado en su Tatooine natal y por la que Obi Wan accede a adiestrarlo a pesar de las reticencias constantes de la vieja guardia del Consejo. La cúpula de la Orden Jedi, liderada por Yoda y Windu, ve desde su primer contacto con el muchacho la posibilidad de que este termine sucumbiendo al lado oscuro, por el odio, la ira y, sobre todo, el miedo a la pérdida de seres queridos que este alberga. Conocedor de la contradicción inherente al elegido, Palpatine sigue su carrera "con gran interés" desde su emergencia en la fuerza, y cuando el todavía padawan demuestra en su combate contra Dooku que está ya para subir al primer equipo, incorporarlo al reverso tenebroso se convierte en el objetivo principal del sith.

Sidious basa su estrategia de seducción en la perversión de las dos principales frustraciones de Anakin. En primer lugar, en las recurrentes desilusiones del padawan para con la Orden Jedi, que muestra una excesiva cautela a la hora de nombrarlo Maestro e incorporarlo a sus plenos. Por otro lado, en el miedo a la muerte de su esposa Amidala, fundado por unas pesadillas premonitorias que, según muchas interpretaciones, son generadas el propio Palpatine. Pese a los consejos de Yoda sobre los peligros que encierra una concepción romántica del amor basada en la necesidad, el camino está allanado para que el Canciller malmeta como sólo el sabe y haga creer al jedi que salvar a su enamorada y al hijo que cobijan sus entrañas pasa necesariamente por abrazar sus enseñanzas sobre el lado oscuro. En una de las escenas capitales de toda la saga, aprovecha ambos temores para empezar a llevarse al huerto a un Anakin cada vez más confuso y decepcionado por sus superiores.

Por otro lado, la relación entre el Consejo Jedi y la República es cada vez más complicada. Si bien el final de las Guerras Clon parece cercano una vez abatido Dooku, la deriva reaccionaria del Canciller Supremo, reacio a prescindir de un mandato hace tiempo expirado, no hace presagiar un retorno pacífico a la normalidad política. La Orden Jedi, encargada de guardar la paz en la galaxia, responde a su vez con un progresivo autoritarismo, hasta el punto que Windu llega a ver imprescindible una suerte de Gobierno de concentración comandado por los jedi para garantizar la transición. Si bien los Caballeros Jedi son claramente el bueno de la space opera, se perciben contradicciones en sus acciones para salvaguardar la República, como pueden ser la desconfianza en el funcionamiento democrático del Senado y un cierto paternalismo. Al fin y al cabo, no deja de ser una secta religiosa ajena a ningún mecanismo democrático, un poder fáctico superior en muchas ocasiones al que pueda ostentar el propio hemiciclo. Estas tensiones se resuelven en el combate entre Windu y Palpatine, a quien vemos envainar un sable láser por primera vez en la saga -ya que, como buen villano, se dedica a conspirar en la sombra, manchándose las manos lo justo-. El duelo, épico y waltrapa a partes iguales, termina saliendo, como prácticamente todo, tal y como el Canciller había planeado: Anakin traiciona al Maestro Jedi más poderoso y se pasa definitivamente al lado oscuro, y él puede presentarse ante la opinión pública con el rostro achicharrado, pero con una imagen inmaculada y totalmente legitimada para ahondar en su camino hacia el totalitarismo. 

Con la escusa perfecta, Palpatine consuma su autogolpe. Valiéndose del ejército clon, ejecuta la Orden 66 que aniquila prácticamente a la totalidad de los Jedi, envía al recién bautizado Darth Vader a hacer lo propio con los líderes separatistas y de la Federación de Comercio -una vez logrados sus pérfidos objetivos, ya no los necesita para nada-, y consuma su asesinato a una República milenaria en nombre de la democracia llevado en volandas por "un estruendoso aplauso". Su lento pero inexorable ascenso al poder desemboca en la proclamación de un Imperio Galáctico de preponderancia incontestable, al que sólo una inesperada traición de Darth Vader décadas después podrá poner fin. Leo las primeras críticas del Episodio VIII y no son precisamente halagüeñas. No me cabe la menor duda de que se debe, en gran parte, a que un villano como Darth Sidious es, sencillamente, irrepetible. Quién sabe si hablamos del mejor malo de la historia, junto a José Mourinho. Que la fuerza os acompañe.

martes, 7 de noviembre de 2017

Lenin. Una vida consagrada a la revolución


"Decidir una vez cada cierto número de años qué miembros de la clase dominante han de oprimir y aplastar al pueblo en el parlamento: he aquí la verdadera esencia del parlamentarismo burgués, no sólo en las monarquías constitucionales parlamentarias sino en las repúblicas más democráticas"

Vladimir Ilich Uliánov, Lenin (El Estado y la Revolución, 1917)


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NOTA: Este texto fue encargado al autor de este blog por los amigos y camaradas del maravilloso, irreverente y contestatario Undebateenmicabeza para un especial centenario de la Revolución Rusa. Como con otros artículos de Felices Mierdas, podrá leerse indistintamente en ambas páginas.
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Los poderosos lo temen, los ignorantes lo odian, los alienados lo necesitan, los traidores lo olvidan y los pobres habrán de hacerlo suyo, honrarlo y respetarlo para dejar de serlo. Indispensable para entender y explicar la historia reciente, pero también el presente y el futuro de la sociedad humana y el avance hacia su porvenir socialista. Padre espiritual de la mayor revolución proletaria de la historia, principal continuador de ese inabarcable bosque que Marx y Engels empezaran a sembrar a mediados del siglo XIX, intelectual y hombre de acción, teoría y práctica. No se puede entender Octubre de 1917 sin Lenin, y pese a que en un principio se pretendía para este especial escribir un perfil biográfico sobre su persona, la imposibilidad de sintetizar más tanto su vida como su obra han obligado al autor a dividir en dos tal honrosa e imponente empresa. En este artículo, se narrarán cronológicamente los principales momentos de la biografía de uno de los revolucionarios más imprescindibles, mientras que en la segunda parte se expondrán y se reflexionará sobre los aspectos fundamentales de su pensamiento.

La forja de un revolucionario

Nació como Vladimir Ilich Uliánov en 1870 bajo el cielo de la gris y sombría Simbirsk (actual Uliánovsk), uno de los tantísimos centros de comercio a orillas del Volga. Lenin se educó, como tantos otros pensadores marxistas, en una familia relativamente acomodada, pero con cierta conciencia política. Su padre, inspector de escuela, dedicó toda una vida profesional a construir colegios públicos para campesinos y desposeídos. Su madre, ama de casa, era aficionada a la lectura, pasión que contagió al pequeño Vladimir en sus primeros años de vida. Su hermano mayor, Alexander, fue un destacado militante de un grupo anarquista llamado La Voluntad del Pueblo, de innegable calado en la juventud rusa de la época. En 1887, fue ahorcado por atentar contra el entonces zar, Alejandro III. La pérdida de su colactáneo encendió definitivamente en Lenin la chispa revolucionaria.

En sus años de universidad en Kazán, participó en mítines y actos por los que fue detenido y expulsado a la aldea de Kokushkino donde, además de sus asignaturas de Derecho, comenzaría a leer a autores marxistas. De vuelta en Kazán, Lenin continuó participando en círculos revolucionarios. No obstante, decepcionado por un contexto ajeno a la industrialización, donde había más campesinos que peones con mono y la mayoría de la izquierda veía inviable una revolución proletaria, no tardó en mudarse a San Petersburgo. A los 23 años, ya se había ganado el apodo de “El Viejo” por su vasto conocimiento y su facilidad en el contacto directo con la clase obrera. En la capital, en constante lucha con los populistas y otras corrientes que veían en el campesinado al único sujeto posible de lo que habría de ser la revolución en Rusia, escribió Quiénes son los “amigos” del pueblo y cómo luchan contra los socialdemócratas, donde abogaba firmemente por el proletariado -en alianza con las clases populares del agro- como principal fuerza que habría de luchar contra la autocracia zarista, los terratenientes y la burguesía incipiente. Para ello, se presentaba indispensable la formación de un partido obrero que inculcara en las masas las ideas del socialismo científico, tarea a la que Lenin consagraría el resto de su vida. En los años siguientes, comenzarían a organizarse en fábricas de San Petersburgo varios círculos marxistas -en uno de los cuales Vladimir conocería a Nadezhda Konstantínovna Krúpskaya, futura militante del PCUS y figura indispensable para la creación del sistema educativo de la Unión Soviética- que desembocaron en la Unión de Lucha por la Emancipación de la Clase Obrera, una asociación con periódico propio (Rabócheie Dielo) que empezaba a hacerse hegemónica en el creciente proletariado de la capital.

Primeros pinitos en el arte del exilio

La autocracia zarista reprimió a este nuevo movimiento, y Lenin fue deportado a Siberia Oriental, totalmente ajeno a San Petersburgo y a más de 600 kilómetros del ferrocarril más cercano. Incomunicado con las grandes urbes rusas -los periódicos y revistas que pedía por correo tardaban semanas en llegar-, en ningún momento dejó de informarse sobre lo que acontecía en una Rusia cada vez más incendiada, y ejercía la abogacía de manera informal, ayudando a campesinos en sus pleitos con sus patrones y las instituciones locales. El 10 de julio de 1898 contraería matrimonio con Krupskaia, que también cumplía condena y exilio en la tundra siberiana. Algo antes, las Uniones de Lucha habían aprobado el manifiesto que formaría el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (POSDR), y las huelgas en la capital rusa conseguían arrancar pequeñas concesiones a los empresarios. Si bien Lenin no dejaría de advertir en Qué Hacer el peligro de centrar la lucha a objetivos exclusivamente economicistas -tan importante como las mejoras de las condiciones de trabajo era la creación de una conciencia de clase que trascendiera las luchas meramente corporativistas e impugnara el sistema político en su totalidad-, era innegable que el movimiento obrero estaba materializando sus primeras conquistas.

Una vez finalizado su exilio, Lenin seguía sin poder residir en la capital ni en Moscú. Su tarea ahora era unificar los objetivos de los diversos comités del POSDR, ya presentes en la práctica totalidad del país. Las detenciones masivas de los cuadros del Partido complicaban la celebración del II Congreso, antes del cual había que poner sobre la mesa la innegable divergencia entre economicistas y revolucionarios en el seno del partido. Vladimir defendía la creación de un periódico marxista, que tendría que ser necesariamente clandestino y editado desde el extranjero, vistas las persecuciones policiales. Así, abandonaría Rusia para recalar en Suiza, donde junto al grupo Emancipación del Trabajo -formado por el que fuera el fundador del marxismo en Rusia, Gueorgui Plejanov- y a tres camaradas rusos, daría luz a Iskra (La Chispa), que finalmente se editaría desde Munich. Lenin participó en la redacción, edición y administración del periódico, mientras esbozaba el proyecto de Programa del Partido. También se encargaba de la comunicación entre el periódico y las dos grandes ciudades rusas. La redacción del diario hubo de mudarse varias veces huyendo de la censura, pero terminó siendo un potentísimo instrumento de agitación y propaganda hasta el fin de su publicación en 1905. Dos años antes se había celebrado en Bruselas el II Congreso, en una fábrica de harinas de Bruselas, donde se presentaron 43 militantes de 26 organizaciones, que evadieron como pudieron a las fuerzas de seguridad belgas y a la policía zarista. Presidido por Plejanov y con Lenin como vicepresidente, en el Congreso se aprobó el programa defendido desde Iskra y los partidarios de Lenin obtuvieron la mayoría en la elección a los órganos centrales del Partido, lo que dio lugar a la histórica división entre bolcheviques y mencheviques.

Lenin arengando al pueblo
Revolución de 1905

Lenin vivió fuera de Rusia enero de 1905, cuando centenares de miles de personas, que incautamente esperaban que el zar escuchara sus plegarias, fueron masacradas por las balas y sables de las fuerzas de seguridad en las calles de San Petersburgo. Las clases populares rusas, todavía esclavas de una educación arraigada durante generaciones de sumisión a un buen patrón, simplemente habían acudido a una pacífica huelga convocada por la Asamblea de los Obreros Fabriles, financiada por la propia policía y con un claro espíritu de fidelidad al zar.  “Estas masas -diría Lenin- no estaban aún preparadas para rebelarse: sólo sabían implorar y suplicar…”. La huelga fue secundada en Moscú y en el resto de ciudades que clamaron contra la autocracia, constituyendo el primer paso hacia una insurrección más organizada. En el III Congreso del POSDR, sin embargo, la valoración fue harto diferente. Los mencheviques, defendiendo que la Revolución naciente de la huelga de 1905 era burguesa, optaban por una alianza táctica con la clase empresarial incipiente y por templar el espíritu revolucionario en aras de una vía parlamentaria a la conquista del poder. Los bolcheviques entendían que la alianza había de ser con el campesinado y que una revolución armada era la única vía frente a las bayonetas que, de igual modo, serían utilizadas por el zarismo para disolver un hipotético parlamento progresista. Ante las importantes sublevaciones en Potemkin y otras células importantes del Ejército, el zar Nicolás II convocó una Duma de Estado, para la que Lenin y otros destacados bolcheviques pudieron regresar del exilio.

Fueron meses de huelgas, barricadas, insurrecciones en ciudades industriales y zonas agrarias, pero finalmente el movimiento revolucionario comenzó a entibiarse en 1907. Disuelta la Duma, el zarismo volvió a modificar la ley electoral, hubo encarcelaciones y fusilamientos masivos y el bolchevismo regresó a la clandestinidad. La tierra no había sido conquistada por quienes la trabajaban, la jornada laboral de 8 horas no sedimentaría en las instituciones. Lenin comprendió que era momento de repliegue y trabajo en organizaciones ilegales, tratando de no perder el contacto directo con las masas. Mientras que los mencheviques lamentaban el excesivo belicismo de los años anteriores, Uliánov mantenía que 1905 había puesto de manifiesto que sólo la lucha conjunta y armada del proletariado y el campesinado conseguiría la destrucción de la corona, y que tarde o temprano volverían los momentos de excepcionalidad y de auge revolucionario.

En la década de 1910, comenzaba a percibirse cierto avivamiento en la vida política. Volvían las huelgas y cada vez más gente se interesaba por el POSDR. En 1912 se celebraría la Conferencia de Praga, de la que nacería un nuevo periódico: Pravda (Verdad). Financiado por obreros y grupos armados bolcheviques, el diario fue clausurado hasta en 8 ocasiones y confiscado en otras 41, pero la censura nunca pudo liquidar completamente su edición. Desde Polonia, Lenin escribió casi tres centenares de artículos, y también utilizaba la maquinaria del periódico como medio de comunicación clandestina en el seno POSDR, haciendo llegar las directrices del Comité Central a los diputados de la Duma de Estado en San Petersburgo. Pravda terminaría siendo el periódico oficial del PCUS durante los 73 años de vida de la Unión Soviética.

De izquierda a derecha: Stalin, Lenin y Kalinin
Cae el zar

En 1914, la Rusia de Romanov se aliaría con Inglaterra y Francia en la Primera Guerra Mundial. Lenin siempre criticó las cínicas declaraciones de otros partidos socialdemócratas sobre la inevitabilidad de la guerra, así como los apoyos chovinistas a sus homólogos burgueses en sus respectivos Estados durante el conflicto. Esta traición al internacionalismo por parte de esos partidos en Francia, Inglaterra, Bélgica y Alemania hicieron que Lenin dejara de considerarse socialdemócrata para empezar a llamarse comunista. Sólo el Partido Bolchevique se manifestaría contra el Gobierno zarista y su papel en la guerra en la Duma de Estado. Sobre ello, Uliánov escribiría desde Suiza La consigna de los Estados Unidos de Europa (1915) y El Imperialismo: fase superior del capitalismo (1916). En la capital helvética, se mantenía en el exilio con su esposa Krupskaya, donde llevaban una vida austera sin dedicar una considerable cantidad de dinero a otra cosa que a la lectura.

En febrero de 1917 nace la revolución que finalmente derrocaría a los Romanov. Una vez más, Lenin vivía un momento decisivo en la historia de su país desde el banquillo del exilio, pero ya no había ningún motivo para no regresar. Mientras Plejanov y militantes mencheviques en la clandestinidad pudieron volver por Francia e Inglaterra -países aliados con Rusia en la Entente de la Primera Guerra Mundial-, Lenin tuvo que atravesar Alemania, que gustosamente accedió a permitir su vuelta a casa en busca de una agitación que perjudicara la estabilidad de rival oriental en la Gran Guerra. Nada más llegar a Petrogrado, formularía sus célebres Tesis de abril (1917), en las que alertaba que la revolución de febrero era democrático-burguesa, y que todavía era necesario un salto cualitativo para poder empezar a construir el socialismo. El poder estaba ahora en manos del Gobierno provisional de Kerensky y la pequeña y gran burguesía, mientras que el proletariado contaba con un contrapoder encarnado en los Soviets de Diputados Obreros y Soldados y una Guardia Roja. Lenin no confiaba en las falsas promesas del Gobierno provisional, pero entendía que no era el momento de su derroque, debido a la minoría del Partido Bolchevique en los Soviets. El “no” firme a la guerra, frente al traidor apoyo menchevique, era crucial para dar un salto en la conciencia de los sectores subalternos. En las Tesis, también se propuso cambiar el nombre del POSDR para bautizar definitivamente al Partido Comunista.

Todo el poder a los Soviets

En junio, todavía con una minoría clara bolchevique (100 frente a 700 mencheviques, eseristas y social-revolucionarios), se produce una disyuntiva crucial en el Soviet: avanzar o retroceder. Los mencheviques persistían en un conformismo con la burguesía ante la ausencia de un Partido lo suficientemente maduro para asumir la totalidad del poder en un momento de clara crisis política. Las manifestaciones por el fin de la guerra y contra el Gobierno Provisional son ya masivas, y la legendaria consigna “¡Todo el poder para los soviets!” es ya unánime. Los mencheviques consienten que se implante desde Petrogrado el estado de sitio y se destruye la redacción de Pravda. Las autoridades arrestan a Lenin, que pretende utilizar su detención con fines propagandísticos, pero tras las advertencias de su esposa y del Comité Central del Partido Bolchevique de la innegable posibilidad de perder la vida termina optando por la no comparecencia ante los tribunales. Más adelante se produce el intento de golpe de Estado del general Lavr Kornílov. Desde las afueras de la capital, Lenin concluye en su escrito La crisis ha madurado que el triunfo de la revolución es ya inminente, debido al apoyo a los Soviets de las clases populares y de los soldados y las disidencias en la Flota del Báltico respecto al Gobierno provisional. El 7 de octubre (20 en el calendario gregoriano) regresa a Petrogrado con el objetivo de la toma de poder.

Sin embargo, la resolución del Comité Central será publicitada por miembros de indudable enjundia como Kámenev y Zinóviev, lo cual provoca que el Ejército de Petrogrado pueda preparar su defensa. Se presentan cadetes en la imprenta de los periódicos bolcheviques, pero la Guardia Roja impide su clausura. Lenin se dirige a Smolny, donde le espera el Comité Central, con un precio fijado a su cabeza. A pesar de ser interrumpido por cadetes en más de una ocasión, consigue pasar a conformar la principal autoridad de la lucha. En las siguientes horas, se toman las principales comunicaciones, el Banco del Estado, las estaciones de ferrocarril y, por supuesto, el Palacio de Invierno. Cae el Gobierno y se proclama la señora de todas las Revoluciones. El poder pertenece ya a los Soviets de Diputados Obreros y Soldados de Petrogrado, extendiéndose al resto de ciudades durante la siguiente noche bajo órdenes del II Congreso de los Soviets de Rusia.

Lenin junto a su esposa, Nadezhda Krúpskaya
Primeras conquistas antes de la siembra

Como principal líder del nuevo Estado soviético, Lenin no tarda en firmar un Decreto sobre la Paz y otro sobre la Tierra. Aún sin poder aplicar totalmente el programa bolchevique, lo esencial -decía Uliánov- es que el campesinado sienta la seguridad de que habían dejado de existir los terratenientes. Pocas horas bastan a los Soviets para materializar conquistas sociales más importantes que las conseguidas en meses de cínico y cobarde Gobierno provisional. Se crea el Consejo de Comisarios del Pueblo, siendo Lenin presidente. Se consigue la jornada laboral de 8 horas, se nacionalizan los bancos y las grandes empresas y se proclama la igualdad entre las más de cien nacionalidades de toda Rusia. Ante la necesidad imperiosa de una tregua que empezara a garantizar el final definitivo de la Primera Guerra Mundial, se firma la paz con Alemania en condiciones claramente desfavorables para Rusia.

No obstante, y al igual que toda clase desposeía de sus privilegios históricos, la burguesía y los kulaks no dudan en conspirar contra el naciente poder soviético. Con ayuda del capital inglés, francés, americano y japonés -y el apoyo de eseristas y mencheviques que se lanzan a la huelga, saboteando al nuevo Gobierno-, comienzan una sangrienta guerra civil de más de cinco años que cuesta la muerte de más de diez millones de personas. En uno de los mítines en los que Lenin arengaba a las masas hacia la defensa del Estado que estaba empezando a mejorar sus vidas, es alcanzado por balas envenenadas de eseristas. Si bien su vida corre serio peligro, rápidamente se reincorpora a la actividad política leyendo los partes militares y trabajando en el Comité Central del Partido. Finalmente, y gracias sobre todo a la honrosa lucha del Ejército Rojo, el pueblo ruso sale victorioso de la guerra civil en 1923, pero la luz de Lenin está ya cerca de consumirse por completo. Instalado en Gorki -ciudad cercana a Moscú- por consejo médico, sigue estudiando, leyendo y pronunciando discursos. En diciembre de 1922, exige poder seguir trabajando en su diario, a pesar de que los médicos no paran de recomendarle descanso absoluto. “Trabajar significa vivir. Para él, la inactividad es la muerte”, atestigua uno de sus doctores. En sus últimos esbozos sobre las tareas del gobierno soviético en su construcción del socialismo, Lenin insiste en la obligatoriedad de la industrialización para garantizar la defensa sobre injerencias externas y la erradicación del analfabetismo. La tarde del 21 de enero de 1924 Lenin entra en coma y muere a los 53 años. 

Stalin se encargaría de suceder al padre de la Revolución al mando del timonel soviético hasta 1953 en detrimento de Trotsky, pero eso es ya otra historia. Dicen que los gobernantes soviéticos encargaron extirpar el cerebro de Vladimir Uliánov en busca de una explicación biológica de su genialidad. Tras toda una vida dedicada al triunfo de los desposeídos, al derrocamiento de los explotadores, apenas tuvo tiempo de dirigir la Revolución que más ha aterrorizado al opulento poder del capital. Podrán quitar sus estatuas y vilipendiar su recuerdo, pero su ejemplo, su figura y su obra continúan y continuarán sirviendo de formación e inspiración a millones de comunistas de todo el globo.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Lenin. Por qué nos sirve todavía


"Las tareas de la juventud en general y de las Uniones de Juventudes Comunistas y otras organizaciones en particular, podrían definirse en una sola palabra: aprender"
Vladimir Ilich Uliánov, Lenin (Tareas de las Juventudes Comunistas, 1920)

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NOTA: Este texto fue encargado al autor de este blog por los amigos y camaradas del maravilloso, irreverente y contestatario Undebateenmicabeza para un especial centenario de la Revolución Rusa. Como con otros artículos de Felices Mierdas, podrá leerse indistintamente en ambas páginas.
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Leer a Lenin puede resultar realmente entretenido, pues es relativamente accesible para ser marxista y asombrosamente fresco para ser más que centenario. Además, su incombustible fervor por adentrarse en retóricas lides con mencheviques, social-revolucionarios, anarquistas y reformistas varios, sin perder ni el respeto personal ni la intención de rehuir la confrontación de ideas y proyectos con camaradas y no tan camaradas, otorga a sus textos una indiscutible carga libidinal. Dicho esto, también es tarea complicada tratar de estructurar el pensamiento político de un hombre que llevaba hasta el extremo el principio de establecer el “análisis concreto de la situación concreta”. Leyéndolo en distintas épocas, puede parecer que el dirigente ruso defendía una cosa y su contraria, ya que su máxima fue siempre buscar la manera de hacer prosperar la revolución.

En Un libro rojo para Lenin, Roque Dalton señala con acierto que “hay muchos Lenin”. En momentos de ferviente agitación, reivindicó todo el poder para los soviets. Cuando tocaba replegarse, pasó a la guerra de posiciones. Lenin dedicó una vida entera a la revolución, sin más fórmula que la del cambio constante de táctica, utilizando herramientas legales e ilegales para la consecución del poder, fuera parlamentando en la Duma zarista o conspirando desde el exilio. No es posible encontrar en su obra una teoría metafísica válida para cualquier tiempo y lugar, ya que fue elaborando subcategorías al calor de la lucha de clases. Por ello, quizás la mejor forma de exponer su filosofía sea una diferenciada concatenación de temas, escritos y conceptos centrales de su obra, enriquecedor en múltiples facetas del trabajo con el que Marx y Engels empezaran a asentar esa herramienta para la revolución que es el pensamiento marxista.

Imperialismo, fase superior del capitalismo

En 1916, a tenor de una guerra de rapiña entre distintas potencias imperiales, ve la luz esta obra con la que Lenin iba a esbozar la idiosincrasia de una última –“última” porque en el ruso original el título del libro rezaba “fase suprema”, y no “superior”- etapa en el devenir del modo de producción capitalista. A principios de Siglo XX, se había empezado a percibir un nuevo panorama, superador del originario capitalismo mercantil de librecambio y del capitalismo industrial. Esta naciente fase vendría marcada por cuatro puntos que perfectamente podemos reconocer el statu quo de nuestro Orden Mundial cien años después:

En primer lugar, una tendencia hacia el monopolio, a través de los cárteles o acuerdos puntuales de compraventa entre grandes empresas con individualidad administrativa, que vieron su nacimiento en Alemania. Posteriormente, estas asociaciones adquirirían un nuevo nivel de concentración más profundo, basado en fusiones y absorciones conocidas como trusts. A principios del siglo pasado, cada vez eran menos las organizaciones que dominaban la producción de mercancías: la voluntad individual de los capitalistas y el hoy sacrosanto espíritu entrepeneur cedían progresivamente ante un nuevo régimen de propiedad más socializado. Aunque la apropiación continuaba siendo privada y burguesa, aunque seguía existiendo rivalidad entre grandes empresas, la producción global había pasado a ser social, lo que daba una pista de que el modo de producción económica podría estar avanzando de manera natural hacia formas más controladas y organizadas. Quizás pecando de un excesivo determinismo en su diagnóstico, Lenin entendía que el capitalismo estaba necesariamente “preñado” de socialismo, y que esta fase imperialista, pese a agudizar en un principio los niveles de desigualdad entre clases, estaría insinuándolo.

Otro rasgo de esta fase superior del capitalismo es la creación del capital financiero, al fusionarse el capital bancario y el industrial. Conviene no confundir los términos “bancario” y “financiero”, ya que mientras el primero representa las transacciones y el tráfico dinerario entre público y empresas, la emergencia del segundo supone un salto cualitativo en el dominio del poder de las finanzas sobre la economía productiva. Así, la exportación de capitales -tercer elemento- pasa a adquirir una mayor importancia respecto a la libre circulación de mercancías, lo cual facilita la entrada en los países subdesarrollados y su explotación por las grandes potencias económicas, políticas y militares. El capital se concentra y centraliza entre grandes conglomerados transnacionales cuya preponderancia trasciende lo económico y pasa a controlar el poder político (Estado, ejército y parlamento) que garantizará, mediante represión, favores, precios y monopolios regalados, rescates e incluso guerras, si es preciso, el cuarto rasgo distintivo de esta fase imperialista: el reparto del mundo entre las finanzas y las multinacionales.

Un siglo después, leer esta obra resulta sorprendentemente clarividente. Mientras Kautsky y otros socialdemócratas indicaban que el desarrollo de las fuerzas productivas había llevado a la posibilidad de un conglomerado político-económico único y global donde no habría crisis cíclicas, conflictos ni necesidad de procesos rupturistas con el viejo régimen, Lenin alertaba sobre la inevitabilidad de las guerras de rapiña dentro del capitalismo imperialista. Esta mirada internacionalista, este enfoque de interdependencia, no sólo continúa gozando de indiscutible frescura, sino que pone de manifiesto que el desarrollo desigual de los Estados es innegociable en el capitalismo, por lo cual es imposible que el socialismo triunfe simultáneamente en todos los países. De ahí la influencia histórica de esta obra en múltiples movimientos y pensadores de Asia, América Latina y el tercer mundo, que tuvieron que pensar y organizar sus respectivas revoluciones desde el lado pobre del mundo globalizado.


Lenin, ojeando el Pravda
El Estado y la revolución.

Lenin escribe esta accesible obra al calor del nacimiento de la Revolución Rusa y de las postrimerías de la Primera Guerra Mundial. En ella, analiza la teoría marxista básica del Estado a través de Engels y se enfrenta a las tergiversaciones de Kautsky y su séquito de la II Internacional, además de señalar los primeros obstáculos que se presentarían a la construcción del Estado soviético. La tesis principal que podemos substraer del texto es que el aparato estatal surge como una consecuencia inevitable de la existencia de clases con intereses antagónicos e irreconciliables. Hay Estado porque es necesario un ente situado por encima de la sociedad, que a su vez se aleja cada vez más de ella. En la interpretación de este último punto se produce uno de los cismas fundamentales entre las diversas corrientes de izquierda a principios de siglo pasado, una de las causas de la separación del movimiento comunista de la época y de la creación de la III Internacional. Donde los marxistas clásicos, liderados por Lenin, veían un instrumento de represión mediante el cual la clase económicamente dominante se convierte en la clase políticamente dominante -o, como decía Marx, el consejo de administración de los intereses de la burguesía-, la socialdemocracia percibía una herramienta mediante la cual los desposeídos podían liberarse, si no un órgano de conciliación entre clases.

Estas corrientes entendían que las instituciones públicas gozaban de un carácter dual y relacional entre opresores y oprimidos, por lo que estos últimos podían aspirar a la toma del poder mediante la negociación y la batalla de ideas. Lo que en términos gramscianos se conoce como “guerra de posiciones” puede parecer un justificado repliegue o la única salida posible en los países occidentales, con asentadas democracias burguesas y parlamentarias, pero no es lo que Lenin sentía como la vía a la revolución en una Rusia feudal, sin ningún atisbo de sociedad civil y con una clase dominante cuyo poder se cimentaba exclusivamente en la represión, sin ninguna necesidad de crear consenso. Para Lenin no hay parlamentarismo posible; de hecho, la república democrática no sería sino la “mejor envoltura política” posible para el capitalismo.

Este debate entre reforma o ruptura para la toma del poder estatal sigue gozando de rabiosa actualidad un siglo después. Autores posmarxistas como Laclau, Poulantzas, Chantal Mouffe, de indiscutible influencia en los partidos de izquierda contemporáneos, han continuado la senda reformista obviando la transformación política en detrimento de la disputa por los relatos y la construcción de sentido. La historia no parece darles la razón, ya que no se conoce revolución victoriosa que haya eludido la confrontación directa, y no sólo ideológica, con la burguesía. Transformar la sociedad exclusivamente desde la lucha parlamentaria sigue siendo utópico. Sin embargo, lo que hoy parece reinar en el discurso de los movimientos emancipadores es un pesimismo resignado a la simple gestión del capitalismo agarrotada por los sagrados límites del libre mercado y la sumisión a los EE.UU., la UE y la OTAN. Y si bien parece que no hay vía a la revolución a corto y medio plazo, convendría entender que esta derrota es más ideológica que política, y que esa perenne excusa para la inacción que es la “desfavorable correlación de fuerzas” nunca es irreversible. Es necesario analizar las particularidades de las democracias parlamentarias occidentales, pero sin eludir, como alertaba Manuel Sacristán a los eurocomunistas, la “reafirmación de la voluntad revolucionaria”, para que ese repliegue sea una legítima táctica a la espera de condiciones más favorables para una nueva ofensiva y no un síntoma de una irreversible involución hacia el reformismo.

Volviendo al pensador ruso, encontramos que, una vez tomado el poder, a la clase obrera se le presentan dos fases históricas hacia la consecución del ideal comunista: en primer lugar, la dictadura del proletariado, una etapa de destrucción del aparato estatal, conquista de los medios de producción y la represión sobre las viejas capas poseedoras, que nunca dejan de intentar recuperar sus privilegios. A continuación, una segunda etapa de progresiva extinción -y no destrucción, importante matiz- del Estado socialista, que pierde toda razón de ser al terminar la existencia de clases. Al no haber explotación del hombre por el hombre, al no haber grupos que vivan a costa del trabajo ajeno, el gobierno sobre las personas es sustituido por la simple administración de las cosas. Esta empresa sería evidentemente gradual, no inmediata, pero en El Estado y la revolución se siente un sincerísimo optimismo en Lenin respecto a la posibilidad de construir el socialismo con hombres y mujeres de la época. Con la organización de la economía nacional, inspectores y contables, la revolución podía darse a través de “funciones plenamente accesibles al nivel de desarrollo de los habitantes de las ciudades y perfectamente desempeñadas por obreros”. Esta confianza ciega en los sectores más subalternos de la sociedad simboliza a la perfección la pasión que profesaba Vladimir Ulianov por la democracia proletaria.

Partido y centralismo democrático

En una época en la que el adanismo político rinde culto a la horizontalidad y al pluralismo, donde la autoproclamada “nueva política” sentencia que todo ejercicio de poder está condenado a la burocratización, en la que décadas de propaganda han establecido con éxito un imaginario colectivo que equipara marxismo y totalitarismo, defender el centralismo democrático se presenta una empresa harto complicada. Sin embargo, conviene volver a estudiar lo que Lenin entendía como la mejor manera de organizar y dirigir un partido revolucionario, y la importancia que concedía aquél a este como vanguardia del proletariado. Para evitar lecturas interesadas y vagas del centralismo democrático que puedan llevarnos a concluir que éste peca de paternalismo y verticalismo, conviene concebir al Partido Comunista como un órgano de lucha y no de debate, como un instrumento mediante el cual las personas pasan a convertirse en células de una forma de organización superior con la que obtengan una mayor capacidad de negociación y constituir así un contrapoder que facilite la consecución de sus objetivos.

Una vez entendamos al partido como un ente de acción, entender los principales rasgos del centralismo democrático resulta más sencillo. Entre ellos, encontramos el carácter revocable de todos los puestos de responsabilidad política y la obligatoria rendición de cuentas de los elegidos ante los electores y superiores, un sistema de crítica y autocrítica dentro del partido, así como la subordinación de la minoría a la mayoría y de los órganos inferiores a los superiores. Esto último no exime a los sectores minoritarios del derecho a discernir ni a proponer distintas perspectivas respecto a la ideología y a la praxis del partido en el seno del mismo, pero es crucial que las decisiones elegidas se respeten de puertas para fuera. Según la concepción leninista, la publicidad de divisiones internas dentro del partido son síntoma de debilidad, no de pluralismo.

Marx y Engels sentaron las bases de un socialismo científico superador de las idealistas concepciones utópicas de los Fourier, Owen, Saint-Simon y demás pensadores surgidos de la Ilustración, que confiaban en que el poder de la razón garantizaría una armoniosa transición hacia la abolición de las clases sin conflicto entre estas. La grandeza de Lenin radica principalmente en haber enriquecido y materializado el socialismo científico a través del boceto que esboza sobre el papel del Partido como guía del proletariado hacia la revolución. El Partido conduce a las masas, pero no las reemplaza. De ahí el papel de la crítica y la comunicación de abajo a arriba y viceversa, de ahí la importancia de no caer en elitismos paternalistas. No obstante, el pensador soviético creía firmemente en la necesidad de que las militantes más adelantadas, con mayor iniciativa, capacidad de trabajo y formación política fueran quienes tomaran una posición preponderante. Lenin no ve al pueblo como un ente ignorante al que hay que explicar y teledirigir, pero tampoco cree en una horizontalidad absoluta con aversión al más mínimo vestigio de autoridad. La revolución es con las masas, pero siempre dirigida por una vanguardia formada y organizada.


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Lenin, en la Asamblea Constituyente Rusa 
Autodeterminación

Como ciudadano de un país de indiscutible diversidad nacional, Lenin nuca eludió la cuestión del derecho de los pueblos a la autodeterminación, que definía en última instancia como la “formación de un Estado propio”. Frente a Rosa Luxemburgo y otros pensadores marxistas que rechazaban los movimientos separatistas al considerarlos vicios pequeñoburgueses que despistaban la lucha de clases -postura no necesariamente muerta hoy en día, como ha venido a demostrar el conflicto catalán-, Lenin comprendía el derecho a la independencia como un equivalente a la libertad de separación y divorcio entre individuos.

En su escrito El derecho de las naciones a la autodeterminación¸ que, según cuentan, emocionó a Ho Chi Minh, el político ruso diferenciaba dos fases del capitalismo en torno al devenir de los movimientos nacionales: una primera época marcada por la caída del viejo orden feudal, en la que despertaron los movimientos de liberación nacional de masas, a los que se incorporó el campesinado; y una segunda etapa -en la que nos encontraríamos-, con una economía de mercado y una democracia burguesa ya consolidadas en los principales países europeos, donde el conflicto entre capital y trabajo habría alcanzado ya insostenibles cotas de antagonismo.

Rosa Luxemburgo y otros socialdemócratas europeos justificaban su rechazo a la autodeterminación alegando que la independencia nacional no soliviantaría los problemas nacidos de la dependencia económica de la fase imperialista. Lenin, sabedor de que la propia Rusia y otros grandes Estados también eran lánguidos lacayos del opulento poder financiero, no vacilaba en apoyar la lucha de las naciones oprimidas, incluso a través de alianzas tácticas -y no exentas de contradicciones- con sus respectivas burguesías.

Sin teoría revolucionaria, no hay práctica revolucionaria

Un chiste de Slavoj Žižek sitúa a Marx, Engels y Lenin ante una hipotética disyuntiva entre esposa y amante. Marx, como -cínico- defensor del matrimonio monógamo tradicional, elige a la primera, mientras que Engels, hijo de familia burguesa educado en costumbres más liberales, se decanta por los favores de una compañera extramatrimonial. Lenin, según la historia del filósofo esloveno, opta por quedarse con ambas, lo cual provoca el asombro de la audiencia, dado el carácter reaccionario del ruso respecto a la sexualidad. La explicación es que, mediante la bigamia, Lenin podría dedicarse enteramente al estudio, pudiendo decir a su mujer que está con la amante y viceversa.

Cuenta otra leyenda que, en medio de la Primera Guerra Mundial, el revolucionario ruso pasó prácticamente dos años encerrado en una biblioteca de Berna estudiando a Hegel. El resultado de su Resumen de la Lógica del padre de la dialéctica fue sustento de todas sus obras posteriores, pero lo realmente valioso de la anécdota es que simboliza, al igual que el chiste de Žižek, la innegociable importancia que Lenin otorgaba al estudio y a la formación. En un momento en el que el planeta volaba por los aires, en el que se presentaba la etapa imperial del capitalismo, en el que el movimiento marxista se enfrentaba a un cisma sin precedentes, había que leer y encontrar una nueva forma de interpretar el mundo. No obstante, como bien decía Marx en su Tesis 11 sobre Feuerbach, no basta con interpretar el mundo: se trata de transformarlo. Lenin era consciente de que había que aprender y estudiar, pero siempre con la condición de instrumentalizar ese conocimiento para la emancipación política, algo que parece haber obviado el marxismo posterior a la Segunda Guerra Mundial.

En Consideraciones sobre el marxismo occidental, Perry Anderson distingue la escuela clásica -en la que sitúa a Plejanov, Lenin, Luxemburgo, Bujarin, Trotsky…-; una segunda tradición que enlaza esa primera hornada con el llamado marxismo occidental, formada por Gramsci, Lukács y Karl Korsch; y, finalmente, una suerte de etapa posmarxista en la que la filosofía de la praxis se convierte definitivamente en un objeto de estudio académico abandonando toda voluntad rupturista, en la que podemos destacar a Adorno, Horkheimer, Marcuse o Althusser, entre otros. A partir de mediados del siglo pasado, el paradigma de revolucionario abandona la militancia para recalar en las universidades, escribiendo e impartiendo interesantísimas ponencias sobre cultura y hegemonía, pero con una incapacidad total para formar nada parecido a un contrapoder. Lenin y sus coetáne@s representaron lo contrario, el intelectual como dirigente político y viceversa, el estudio como sirviente del pueblo. De ahí la necesidad de entender e integrar en nuestro día a día esa simbiosis entre teoría y práctica que conforma, seguramente, la más majestuosa de todas las enseñanzas del soviético.



Un populista en Petrogrado

En un país copado de vociferantes y cuñadas tertulias politiqueras, siempre se utiliza el vocablo populista como un significante apto para el insulto, fácilmente relacionable con el término demagogo. Sin embargo, en se trata de una práctica discursiva inherente a toda sensibilidad política, basada en la construcción retórica y simbólica de un sujeto -un nosotros, comúnmente formado por sectores subalternos y ajenos al poder institucional- mediante una negatividad fundante -un ellos, casi siempre representado por élites y defensores y reproductores del orden existente-. Así, si hablamos de política, ser populista no es algo peyorativo: es inevitable. Cómo construyamos ese nosotros, a quién señale nuestro dedo para presentar el ellos, es lo que delatará el carácter reaccionario o progresista de nuestro discurso, pero esa intención de articular diferentes grupos sociales en un nuevo interés general va a estar allí en cualquier lado del espectro político. Un populista de izquierdas presentará su we the people mediante la impugnación de los poderes económicos y sus capataces políticos, mientras que un populista de derechas construirá su relato culpando de la crisis a los judíos, los inmigrantes, ETA o Venezuela.

Lenin comprendía como nadie que el populismo está presente per se en política, como un latinismo forzado en cualquiera de mis textos. Firme creyente de que, para una comunicación eficaz, lo importante “no es tener razón, sino tener razón en el momento oportuno”, compaginó un sofisticado estudio académico de las ciencias sociales con un estilo directo y accesible. Lenin escribía sobre materialismo histórico, economía marxista y empirocriticismo, pero fue el proclamar “Pan, paz y tierra” en un contexto de hambre, guerra mundial y urgencia de articulación de obreros y campesinos lo que convirtió su proyecto político en exitoso. En cuanto a la construcción del nosotros en el populismo leninista, ese sujeto político no puede ser otro que el proletariado y las capas más subalternas del campo. Como marxista clásico, Lenin sostiene que la opresión fundamental, que vertebra a todas las demás, es la de clase, que viene determinada por la posición objetiva del individuo respecto a los medios de producción.

Por otra parte, el de Lenin es un populismo antagonista, en el cual la política es en última instancia batalla por el poder entre colectivos con intereses irreconciliables y la resolución total del conflicto sólo es posible mediante la eliminación y derrota total del adversario político -en este caso, la burguesía explotadora-. En esto último, el discurso de Lenin difiere totalmente con el nuevo populismo de, por ejemplo, Chantal Mouffe, que vendría a ser agonista, entendiendo la política como la confrontación de ideas entre adversarios que reconocen al otro la legitimidad de su existencia en un marco -la democracia y el Estado de derecho- que, supuestamente, garantiza que las reglas del juego se vayan a cumplir sin injerencias autoritarias y arbitrarias.

Como conclusión a este apasionante viaje por la vida y obra de una de las mentes más importantes de la historia reciente, no cabe sino apelar al estudio de Lenin frente a los posters, las estatuas, los avatares de Twitter y los mausoleos. “¡Qué necesario es el rock n roll! ¡Qué prescindible el cuero!”, canta Fito para destacar la esencia sobre la apariencia, la autenticidad de una identidad frente al postureo. Mutatis mutandi, no se me ocurre mejor forma de expresar el mejor homenaje que los y las comunistas podamos hacer a ese prodigioso marxista cuyas ímprobas reflexiones todavía nos sirven para interpretar y transformar el mundo: rendir culto a sus escritos y a su ejemplo, no a su persona.

martes, 16 de mayo de 2017

Ignatius vs feminismo: qué aprender para rescatar al genio



Un hombre al que el dios de la comedia tocó con varios tentáculos

He de reconocer que siento una nada desdeñable devoción por Ignatius Farray, que me ha brindado desde hace más de diez años incontables e inolvidables momentos de perplejidad, vergüenza ajena e hilaridad. Siempre he admirado su voluntad de, si no revolucionar la comedia española, sí construir desde sus entrañas un producto humorístico indiscutiblemente único, sincero y personal. El tinerfeño venía tiempo mereciendo un artículo en Felices Mierdas, ya que está entre mis cómicos favoritos de siempre, y lo seguirá estando a pesar de todas las ocasiones en las que su búsqueda de los límites del humor le haya llevado a provocar más reacciones de asco e indignación que carcajadas.

El último ejemplo de estas desafortunadas intervenciones ha sido el bochornoso espectáculo machista que Ignatius ha perpetrado en Twitter hace escasos días a raíz de la controversia que despertaron los comentarios de Dani Rovira sobre el anuncio de Irina Shayk en una marquesina. La defensa del protagonista de Ocho apellidos Vascos por el canario se basó en un par de vergonzantes tweets que, lejos de tender puentes entre feministas y humoristas, evidenciaron la falta de sintonía y las tiranteces que fluyen todavía entre ciertos colectivos progresistas y algunos cómicos, especialmente en los más transgresores. Esta columpiada supone una oportunidad ineludible para hablar de ese no por manido menos interesante debate sobre los límites del humor y de la gravedad del error del irreverente humorista canario, todo ello después de analizar su figura y trayectoria.

Un grito –sordo- de indignación frente al “standard” comedy
 
“O lo amas o lo odias: no deja indiferente a nadie”. Este ranciofact de manual representa a la perfección a la comedia del personaje que lleva más de una década interpretando Juan Ignacio Delgado Alemany, un cómico nacido hace 44 años en Granadilla de Abona, municipio agrícola del sur de Tenerife. Bautizado como Ignatius por un antiguo profesor en honor a un personaje de La conjura de los necios, Juan Ignacio estudió Ciencias de la Información en Madrid y trabajó  un par de años en un hotel de Londres, donde frecuentaba un Comedy Club en el que se enamoraría irremediablemente del “stand-up”, aún con sus problemas para entender íntegramente el lenguaje de los monologuistas británicos. A principios de siglo, ya de vuelta en España, superó su miedo escénico y logró que la comedia salvara su vida al hacerse un hueco en la emergente revolución humorística que se gestaba en Paramount Comedy, cimentada en dos importantes frentes. En primer lugar, en esa maravillosa creación de Joaquín Reyes que fue La Hora Chanante, un surrealista espacio de sketches de rompedoras formas cuyo humor absurdo recordaba notablemente a los Monthy Python. El inesperado éxito de Reyes y su manchega prole, su posterior cénit en La 2 con Muchachada Nui y la indiscutible influencia que despertaron en las venideras generaciones de humoristas hacen del legado de los Reyes, Sevilla, Cimas y López, entre otros, un sujeto imprescindible de la historia de la comedia en España.

Mientras el enorme abanico de posibilidades que abría La Hora Chanante revolucionaba el terreno del sketch, el programa Las Noches de Paramount pasaba a convertirse en la principal cantera de cómicos a nivel nacional. Es cierto que El Club de la Comedia ya había introducido en la península el formato de una persona contando sus mierdas cara al público delante de una pared de ladrillos, pero de una manera mucho más blanca y convencional. El hecho de utilizar, al igual que hoy en día, a actores o personas no siempre relacionadas profesionalmente con el mundo del humor para simplemente interpretar guiones ajenos, privaba y priva de todo carácter irreverente y alternativo al arte del monólogo, que nació en la década de los 70 en Estados Unidos como una disciplina necesariamente contestataria, más fielmente representada en los callejeros Eddie Murphy, Robin Williams –antes, por supuesto, de sus exitosas carreras en Hollywood-... que por el exitoso personaje de Jerry Seinfeld en la homónima sitcom. El propio Ignatius ha comentado en más de una ocasión cómo Seinfeld consiguió, al igual que hiciera George Lucas con el cine de fantasía y aventuras, convertir en algo mainstream, en un producto realmente blockbuster, una forma de hacer humor nacida desde el subsuelo de lo underground –perdónese el exceso de anglicismos-. Son precisamente los grandes de este género (Richard Pryor, Andy Kaufman, George Carlin y, en la actualidad, Louis CK) las principales referencias del cómico tinerfeño, las que mejor reflejan su comedia más brillante y sus sombras más oscuras. Y fue en Las noches de Paramount y no en El Club de la comedia donde los auténticos profesionales del stand-up en español encontraron una inmejorable plataforma para iniciar sus carreras. Entender el monólogo como un espacio en el que el artista se desnuda –en el caso de Ignatius, también literalmente- y llega a contar sus intimidades y frustraciones más profundas, y no como un batiburrillo de lugares comunes y pasadísimas anécdotas sobre la vida en pareja, las abuelas, la soltería, los incidentes con la Guardia Civil, todas agarrotadas desde hace años en la caduca fórmula “¿Se han dado cuenta de…?”, es primordial para comprender los fundamentos de la comedia alternativa que encarna el canario.

Se hace complicado imaginar a Ignatius en un vodevil, o haciendo un cameo en un sketch de José Mota, o sustituyendo a Leo Harlem en La Sexta, o simplemente apareciendo en ningún producto conducido a un target familiar. Sus apariciones en Late Motiv, el desconcierto que han creado en ocasiones entre un público acostumbrado a un humor más convencional, así lo evidencian: Ignatius no ha nacido para el mainstream. Ignatius chupa pezones del público, lucha contra sus espectadores en el plató de La Ser, habla sobre sus experiencias con “chochitos estrechitos”, cuenta los detalles del juicio por la custodia de su hijo, reflexiona, divaga y expone interesantes o, cuanto menos, curiosas perspectivas sobre el desarme de ETA, el Tramabus de Podemos o la derrota ideológica que supuso el fin de la Guerra Fría. También ha ofendido y ofende a mujeres, a negros, a Murcia, a Pablo Echenique, ha llamado "hijo de puta" a Juan Echanove -lo que desató un beef comparable al del Nega con C Tangana-, ha bromeado sobre la proximidad de la muerte de una de sus espectadoras, ha tenido trifulcas con skinheads en sus shows y padece una miocardiopatía que podría acabar con su vida en cualquier momento, lo que dota de cierta épica a sus exacerbados gritos, a sus carcajadas nerviosas y a la esquizofrénica timidez que lo lleva a perder el control de la situación cada vez que se sube a un escenario. Este funambular en la frontera del buen gusto, esa búsqueda de los límites del humor no siempre sale bien parada, pero denota una honrosa valentía de huir de la mediocridad y del falso consuelo de la risa enlatada. “Siempre salgo al escenario con la intención de hacer la mejor actuación de la historia, pero si veo que no va a ser así, intento convertirla en la peor”, así refleja a la perfección el propio Ignatius el alfa y el omega de su obra.

Esas muestras de inseguridad y ansiedad de un enamorado de la comedia que creció admirando el aire de intelectualidad de genios como Woody Allen o Javier Cansado conforman otro principal ingrediente de la puesta en escena de Ignatius. Lo que nace como debilidad termina favoreciendo el uso de recursos que, alejadísimos del estilo culto y elegante de otros cómicos –aunque sin renunciar a un discurso con contenido-, han creado un personaje único, un puto loco vociferante sobre el que el de Granadilla ha encontrado su particular rinconcito en el panorama humorístico. Esa extraña mezcla entre divagaciones pseudofilosóficas de borracho, maneras de clown y excentricidades nudistas y escatológicas de vocalista de grupo de punk kalimotxero, sumada a una maestría inigualable en la interacción con el público, a un mensaje contestatario y, sobre todo, a una autenticidad y sinceridad sin precedentes fluyen constantemente en el universo Ignatius, un cómico alternativo sin el que ya sería imposible comprender la historia del stand-up en España.

Tras años de monólogos, el tinerfeño pasa en 2014 a dirigir y protagonizar El fin de la comedia, serie autobiográfica que nos narra el día a día del cómico. Ignatius se acerca así al mundo del posthumor, ese extraño concepto tan bien definido hace tiempo por Miguel Iribar como la tortilla deconstruida de la risa. Aquí la carcajada deja de ser el elemento central, el espectáculo puede buscar otras emociones como la perplejidad, la incomodidad y la vergüenza ajena, y se prescinde de los mecanismos más elementales del humor como el chiste. Otra vuelta de tuerca más en la búsqueda de la comedia alternativa de Farray.

Sin embargo, el cénit de esta dilatada carrera es, indiscutiblemente, La Vida Moderna. Presentado por David Broncano -seguramente el humorista español de referencia a día de hoy- y bien secundado por Quequé –irónicamente, ganador del II Certamen de El Club de la comedia en 2001- y el tinerfeño, este programa de La Ser es, ya en su tercera temporada, lo mejor que le ha pasado a la comedia española desde Ilustres Ignorantes, y ha supuesto la tardía pero definitiva irrupción de Ignatius en la escena, la esperada unión entre mainstream y underground. La Vida Moderna lo peta en Youtube y entre los millennial, pero también entre jebis, frikis y demás grupúsculos marginales. Y todo desde un tono más o menos de izquierdas, progresista o transgresor, pero no exento de ciertas torpezas que evidencian que la relación entre humor y política no sólo es inevitable, sino peligrosa. Y aquí es donde volvemos al  principio del artículo, a los decepcionantemente misóginos tweets de Ignatius, al manchón que suponen en su admirable trayectoria, a la necesidad de seguir analizando, acotando y acordando los límites del humor. 

Qué puede (y debe) aprender Ignatius del feminismo


El debate sobre los límites del humor está condenado a ser infinito, ya que es un problema político. Esta discusión delimita y separa día tras día lo permisible de lo censurable, lo normativo de lo alternativo. En toda sociedad hay una moral que tolera y prohíbe, y esa frontera, como todo lo político, está en un permanente proceso de reconfiguración. Y allí es donde el debate se enfanga y los interrogantes se tornan interminables: ¿Es ético el humor negro? ¿Censurar chistes machistas, racistas… es poner puestas al campo? ¿Se puede hacer humor con esos temas sin resultar ofensivo, desde el distanciamiento irónico? ¿Son Torrente, Antonio Recio –o, ya puestos, Ignatius- apología o sátira de lo reaccionario? ¿El mensaje está en el emisor, el receptor, el medio…? ¿Hay mensaje? ¿Tiene que haberlo? ¿Es el humorista un artista y como tal debe contar con licencias a la hora de tratar ciertos asuntos? ¿O precisamente por ello debe llevar necesariamente una impugnación de lo existente y un marcado contenido político y evitar perpetuar según que ideologías?

Los límites del humor son transversales, por lo que estamos ante un concepto poliédrico. El humor negro puede ser “de izquierdas” (un chiste sobre Carrero Blanco, por ejemplo) o de derechas (un chascarrillo machista de un Arévalo cualquiera), y la “censura” a ambos, por lo tanto, provendrá desde sus respectivos polos opuestos del espectro político. El propio Ignatius ha expuesto en más de una ocasión su particular visión del tema: el humor racista está permitido si se hace desde la ironía y desde la horizontalidad. Así, del mismo modo en el que sólo un negro puede llamar “nigga” a otro, una persona feminista y antirracista podría permitirse la licencia de exclamar comentarios ofensivos hacia mujeres, negros y otros bloques oprimidos si consigue que su sarcasmo resulte evidente. El humor tiene límites y es eso lo que lo convierte en un arte, porque sólo así se garantiza que no valga todo. El papel del cómico sería investigar, llegando incluso a la provocación para ello, dónde está esa frontera entre lo irreverente y lo reaccionario. En palabras de George Carlin, “el humorista tiene el derecho, pero también el deber de pasarse de la raya y jugar con los límites”. Y aquel que opte desde su condición privilegiada por no atreverse a hacer de funambulista en esa frontera se convierte en un cómico mediocre, cobarde y fácilmente olvidable.

Si bien la apología del tinerfeño es legítima, parece indiscutible que los tweets mencionados al inicio del artículo no entran en ese “humor horizontal” que reivindica. En primer lugar porque no hay distanciamiento irónico alguno, sólo una misoginia, una condescendencia y un machismo más propio de Bertín Osborne que de alguien que se erige en una suerte de humorista transgresor. En base a la cita de Carlin, todo apunta a que su discípulo ha errado en su último intento de buscar los límites. Y cualquiera que, como Ignatius, se pretenda un aliado de la lucha feminista, debe tener la honradez y el valor de reconocer su error y disculparse cuando toca. Porque es algo que le toca a todo hombre varias veces al día, incluso a los más avanzados en la, por decirlo en términos pomposos, deconstrucción de su masculinidad. Si Farray pretende seguir gozando del respeto de las feministas y de los sectores progresistas que constituyen parte importantísima de su prole, debería tirar de humildad y, al menos, tratar de explicar su patinazo.

No es la primera vez que desde La Vida Moderna, un programa percibido por el imaginario colectivo como de izquierdas –independientemente de lo que pudiéramos discutir al respecto- se ha puesto sobre la mesa una curiosa contradicción entre los humoristas más irreverentes y ciertas minorías. Los primeros, desde su posición, entienden que cuentan con un derecho legítimo a abrazar cierta incorrección política para conseguir su objetivo profesional, en este caso, la risa. Los bloques oprimidos, en cambio, argumentan que ciertas manifestaciones humorísticas ayudan a perpetuar la ideología que reproduce esas mismas formas de opresión. Se crea así una dialéctica en la que la izquierda aparece como la principal defensora de la corrección y la moderación, favoreciendo así un discurso reaccionario que equipara a las –fundamentadas- protestas de las feministas con una suerte de inquisición y un ataque a la libertad de expresión. Y parece mentira que algunos perciban con tanta nitidez el puño de hierro de ese presunto lobby feminazi censurador cuando la misoginia y el machismo que asesina, discrimina, cosifica, sexualiza, acosa, viola y tortura día tras día a la mitad de la población del mundo goza de perfecta salud en nuestra cultura y nuestras instituciones. Por lo tanto, en una sociedad con una desigualdad tan evidente, tiene que poder más la lucha contra el patriarcado que el derecho de los humoristas a decir según qué chorradas.

Como epílogo, señalaría que creo en la necesidad de entender el humor como un arte independiente en muchos sentidos de la política. No se le puede exigir a La Vida Moderna ni a Ignatius una formación y una militancia a prueba de bombas, y se debe reconocer su talento artístico a pesar de sus bandazos, del mismo modo que uno puede admirar el fútbol de Maradona a pesar de que fuera de los terrenos de juego haya sido siempre un perfecto impresentable. No obstante, al ser la política algo inherente a cualquier ámbito de la cultura, no podemos prescindir de un humor negro más comprometido y que, dentro de su libertad para ser salvaje, sea pedagógico y no enaltecedor de la barbarie. Se me ocurre esta escena de la maravillosa Amanece que no es poco para comprender cómo se puede hacer comedia sobre temas tan espinosos como la violencia de género sin resultar irrespetuoso y logrando, dentro de lo absurdo, una nítida impugnación de la opresión en cuestión. Y para conseguir ese humor negro, crudo pero progresista, oscuro pero humano, es imperativa toda crítica que se pueda hacer a las bromas que, en lugar de sátira, hagan apología del machismo, el racismo y otras formas de dominación. Y esto, lejos de ser censura, es beneficioso, porque purga los elementos más reaccionarios de la sociedad. De ahí que sketches sobre la violencia de género como este nos parezcan, a día de hoy, relativamente impensables. De ahí que Ignatius deba aprender del feminismo para que quienes lo admiramos podamos sentirnos orgullosos y no avergonzados.