martes, 16 de mayo de 2017

Ignatius vs feminismo: qué aprender para rescatar al genio



Un hombre al que el dios de la comedia tocó con varios tentáculos

He de reconocer que siento una nada desdeñable devoción por Ignatius Farray, que me ha brindado desde hace más de diez años incontables e inolvidables momentos de perplejidad, vergüenza ajena e hilaridad. Siempre he admirado su voluntad de, si no revolucionar la comedia española, sí construir desde sus entrañas un producto humorístico indiscutiblemente único, sincero y personal. El tinerfeño venía tiempo mereciendo un artículo en Felices Mierdas, ya que está entre mis cómicos favoritos de siempre, y lo seguirá estando a pesar de todas las ocasiones en las que su búsqueda de los límites del humor le haya llevado a provocar más reacciones de asco e indignación que carcajadas.

El último ejemplo de estas desafortunadas intervenciones ha sido el bochornoso espectáculo machista que Ignatius ha perpetrado en Twitter hace escasos días a raíz de la controversia que despertaron los comentarios de Dani Rovira sobre el anuncio de Irina Shayk en una marquesina. La defensa del protagonista de Ocho apellidos Vascos por el canario se basó en un par de vergonzantes tweets que, lejos de tender puentes entre feministas y humoristas, evidenciaron la falta de sintonía y las tiranteces que fluyen todavía entre ciertos colectivos progresistas y algunos cómicos, especialmente en los más transgresores. Esta columpiada supone una oportunidad ineludible para hablar de ese no por manido menos interesante debate sobre los límites del humor y de la gravedad del error del irreverente humorista canario, todo ello después de analizar su figura y trayectoria.

Un grito –sordo- de indignación frente al “standard” comedy
 
“O lo amas o lo odias: no deja indiferente a nadie”. Este ranciofact de manual representa a la perfección a la comedia del personaje que lleva más de una década interpretando Juan Ignacio Delgado Alemany, un cómico nacido hace 44 años en Granadilla de Abona, municipio agrícola del sur de Tenerife. Bautizado como Ignatius por un antiguo profesor en honor a un personaje de La conjura de los necios, Juan Ignacio estudió Ciencias de la Información en Madrid y trabajó  un par de años en un hotel de Londres, donde frecuentaba un Comedy Club en el que se enamoraría irremediablemente del “stand-up”, aún con sus problemas para entender íntegramente el lenguaje de los monologuistas británicos. A principios de siglo, ya de vuelta en España, superó su miedo escénico y logró que la comedia salvara su vida al hacerse un hueco en la emergente revolución humorística que se gestaba en Paramount Comedy, cimentada en dos importantes frentes. En primer lugar, en esa maravillosa creación de Joaquín Reyes que fue La Hora Chanante, un surrealista espacio de sketches de rompedoras formas cuyo humor absurdo recordaba notablemente a los Monthy Python. El inesperado éxito de Reyes y su manchega prole, su posterior cénit en La 2 con Muchachada Nui y la indiscutible influencia que despertaron en las venideras generaciones de humoristas hacen del legado de los Reyes, Sevilla, Cimas y López, entre otros, un sujeto imprescindible de la historia de la comedia en España.

Mientras el enorme abanico de posibilidades que abría La Hora Chanante revolucionaba el terreno del sketch, el programa Las Noches de Paramount pasaba a convertirse en la principal cantera de cómicos a nivel nacional. Es cierto que El Club de la Comedia ya había introducido en la península el formato de una persona contando sus mierdas cara al público delante de una pared de ladrillos, pero de una manera mucho más blanca y convencional. El hecho de utilizar, al igual que hoy en día, a actores o personas no siempre relacionadas profesionalmente con el mundo del humor para simplemente interpretar guiones ajenos, privaba y priva de todo carácter irreverente y alternativo al arte del monólogo, que nació en la década de los 70 en Estados Unidos como una disciplina necesariamente contestataria, más fielmente representada en los callejeros Eddie Murphy, Robin Williams –antes, por supuesto, de sus exitosas carreras en Hollywood-... que por el exitoso personaje de Jerry Seinfeld en la homónima sitcom. El propio Ignatius ha comentado en más de una ocasión cómo Seinfeld consiguió, al igual que hiciera George Lucas con el cine de fantasía y aventuras, convertir en algo mainstream, en un producto realmente blockbuster, una forma de hacer humor nacida desde el subsuelo de lo underground –perdónese el exceso de anglicismos-. Son precisamente los grandes de este género (Richard Pryor, Andy Kaufman, George Carlin y, en la actualidad, Louis CK) las principales referencias del cómico tinerfeño, las que mejor reflejan su comedia más brillante y sus sombras más oscuras. Y fue en Las noches de Paramount y no en El Club de la comedia donde los auténticos profesionales del stand-up en español encontraron una inmejorable plataforma para iniciar sus carreras. Entender el monólogo como un espacio en el que el artista se desnuda –en el caso de Ignatius, también literalmente- y llega a contar sus intimidades y frustraciones más profundas, y no como un batiburrillo de lugares comunes y pasadísimas anécdotas sobre la vida en pareja, las abuelas, la soltería, los incidentes con la Guardia Civil, todas agarrotadas desde hace años en la caduca fórmula “¿Se han dado cuenta de…?”, es fundamental para comprender los fundamentos de la comedia alternativa que encarna el canario.

Se hace complicado imaginar a Ignatius en un vodevil, o haciendo un cameo en un sketch de José Mota, o sustituyendo a Leo Harlem en La Sexta, o simplemente apareciendo en ningún producto conducido a un target familiar. Sus apariciones en Late Motiv, el desconcierto que han creado en ocasiones entre un público acostumbrado a un humor más convencional, así lo evidencian: Ignatius no ha nacido para el mainstream. Ignatius chupa pezones del público, lucha contra sus espectadores en el plató de La Ser, habla sobre sus experiencias con “chochitos estrechitos”, cuenta los detalles del juicio por la custodia de su hijo, reflexiona, divaga y expone interesantes o, cuanto menos, curiosas perspectivas sobre el desarme de ETA, el Tramabus de Podemos o la derrota ideológica que supuso el fin de la Guerra Fría. También ha ofendido y ofende a mujeres, a negros, a Murcia, a Pablo Echenique, ha llamado "hijo de puta" a Juan Echanove -lo que desató un beef comparable al del Nega con C Tangana-, ha bromeado sobre la proximidad de la muerte de una de sus espectadoras, ha tenido trifulcas con skinheads en sus shows y padece una miocardiopatía que podría acabar con su vida en cualquier momento, lo que dota de cierta épica a sus exacerbados gritos, a sus carcajadas nerviosas y a la esquizofrénica timidez que lo lleva a perder el control de la situación cada vez que se sube a un escenario. Este funambular en la frontera del buen gusto, esa búsqueda de los límites del humor no siempre sale bien parada, pero denota una honrosa valentía de huir de la mediocridad y del falso consuelo de la risa enlatada. “Siempre salgo al escenario con la intención de hacer la mejor actuación de la historia, pero si veo que no va a ser así, intento convertirla en la peor”, así refleja a la perfección el propio Ignatius el alfa y el omega de su obra.

Esas muestras de inseguridad y ansiedad de un enamorado de la comedia que creció admirando el aire de intelectualidad de genios como Woody Allen o Javier Cansado conforman otro principal ingrediente de la puesta en escena de Ignatius. Lo que nace como debilidad termina favoreciendo el uso de recursos que, alejadísimos del estilo culto y elegante de otros cómicos –aunque sin renunciar a un discurso con contenido-, han creado un personaje único, un puto loco vociferante sobre el que el de Granadilla ha encontrado su particular rinconcito en el panorama humorístico. Esa extraña mezcla entre divagaciones pseudofilosóficas de borracho, maneras de clown y excentricidades nudistas y escatológicas de vocalista de grupo de punk kalimotxero, sumada a una maestría inigualable en la interacción con el público, a un mensaje contestatario y, sobre todo, a una autenticidad y sinceridad sin precedentes fluyen constantemente en el universo Ignatius, un cómico alternativo sin el que ya sería imposible comprender la historia del stand-up en España.

Tras años de monólogos, el tinerfeño pasa en 2014 a dirigir y protagonizar El fin de la comedia, serie autobiográfica que nos narra el día a día del cómico. Ignatius se acerca así al mundo del posthumor, ese extraño concepto tan bien definido hace tiempo por Miguel Iribar como la tortilla deconstruida de la risa. Aquí la carcajada deja de ser el elemento central, el espectáculo puede buscar otras emociones como la perplejidad, la incomodidad y la vergüenza ajena, y se prescinde de los mecanismos más elementales del humor como el chiste. Otra vuelta de tuerca más en la búsqueda de la comedia alternativa de Farray.

Sin embargo, el cénit de esta dilatada carrera es, indiscutiblemente, La Vida Moderna. Presentado por David Broncano -seguramente el humorista español de referencia a día de hoy- y bien secundado por Quequé –irónicamente, ganador del II Certamen de El Club de la comedia en 2001- y el tinerfeño, este programa de La Ser es, ya en su tercera temporada, lo mejor que le ha pasado a la comedia española desde Ilustres Ignorantes, y ha supuesto la tardía pero definitiva irrupción de Ignatius en la escena, la esperada unión entre mainstream y underground. La Vida Moderna lo peta en Youtube y entre los millennial, pero también entre jebis, frikis y demás grupúsculos marginales. Y todo desde un tono más o menos de izquierdas, progresista o transgresor, pero no exento de ciertas torpezas que evidencian que la relación entre humor y política no sólo es inevitable, sino peligrosa. Y aquí es donde volvemos al  principio del artículo, a los decepcionantemente misóginos tweets de Ignatius, al manchón que suponen en su admirable trayectoria, a la necesidad de seguir analizando, acotando y acordando los límites del humor. 

Qué puede (y debe) aprender Ignatius del feminismo


El debate sobre los límites del humor está condenado a ser infinito, ya que es un problema político. Esta discusión delimita y separa día tras día lo permisible de lo censurable, lo normativo de lo alternativo. En toda sociedad hay una moral que tolera y prohíbe, y esa frontera, como todo lo político, está en un permanente proceso de reconfiguración. Y allí es donde el debate se enfanga y los interrogantes se tornan interminables: ¿Es ético el humor negro? ¿Censurar chistes machistas, racistas… es poner puestas al campo? ¿Se puede hacer humor con esos temas sin resultar ofensivo, desde el distanciamiento irónico? ¿Son Torrente, Antonio Recio –o, ya pestos, Ignatius- apología o sátira de lo reaccionario? ¿El mensaje está en el emisor, el receptor, el medio…? ¿Hay mensaje? ¿Tiene que haberlo? ¿Es el humorista un artista y como tal debe contar con licencias a la hora de tratar ciertos asuntos? ¿O precisamente por ello debe llevar necesariamente una impugnación de lo existente y un marcado contenido político y evitar perpetuar según que ideologías?

Los límites del humor son transversales, por lo que estamos ante un concepto poliédrico. El humor negro puede ser “de izquierdas” (un chiste sobre Carrero Blanco, por ejemplo) o de derechas (un chascarrillo machista de un Arévalo cualquiera), y la “censura” a ambos, por lo tanto, provendrá desde sus respectivos polos opuestos del espectro político. El propio Ignatius ha expuesto en más de una ocasión su particular visión del tema: el humor racista está permitido si se hace desde la ironía y desde la horizontalidad. Así, del mismo modo en el que sólo un negro puede llamar “nigga” a otro, una persona feminista y antirracista podría permitirse la licencia de exclamar comentarios ofensivos hacia mujeres, negros y otros bloques oprimidos si consigue que su sarcasmo resulte evidente. El humor tiene límites y es eso lo que lo convierte en un arte, porque sólo así se garantiza que no valga todo. El papel del cómico sería investigar, llegando incluso a la provocación para ello, dónde está esa frontera entre lo irreverente y lo reaccionario. En palabras de George Carlin, “el humorista tiene el derecho, pero también el deber de pasarse de la raya y jugar con los límites”. Y aquel que opte desde su condición privilegiada por no atreverse a hacer de funambulista en esa frontera se convierte en un cómico mediocre, cobarde y fácilmente olvidable.

Si bien la apología del tinerfeño es legítima, parece indiscutible que los tweets mencionados al inicio del artículo no entran en ese “humor horizontal” que reivindica. En primer lugar porque no hay distanciamiento irónico alguno, sólo una misoginia, una condescendencia y un machismo más propio de Bertín Osborne que de alguien que se erige en una suerte de humorista transgresor. En base a la cita de Carlin, todo apunta a que su discípulo ha errado en su último intento de buscar los límites. Y cualquiera que, como Ignatius, se pretenda un aliado de la lucha feminista, debe tener la honradez y el valor de reconocer su error y disculparse cuando toca. Porque es algo que le toca a todo hombre varias veces al día, incluso a los más avanzados en la, por decirlo en términos pomposos, deconstrucción de su masculinidad. Si Farray pretende seguir gozando del respeto de las feministas y de los sectores progresistas que constituyen parte importantísima de su prole, debería tirar de humildad y, al menos, tratar de explicar su patinazo.

No es la primera vez que desde La Vida Moderna, un programa percibido por el imaginario colectivo como de izquierdas –independientemente de lo que pudiéramos discutir al respecto- se ha puesto sobre la mesa una curiosa contradicción entre los humoristas más irreverentes y ciertas minorías. Los primeros, desde su posición, entienden que cuentan con un derecho legítimo a abrazar cierta incorrección política para conseguir su objetivo profesional, en este caso, la risa. Los bloques oprimidos, en cambio, argumentan que ciertas manifestaciones humorísticas ayudan a perpetuar la ideología que reproduce esas mismas formas de opresión. Se crea así una dialéctica en la que la izquierda aparece como la principal defensora de la corrección y la moderación, favoreciendo así un discurso reaccionario que equipara a las –fundamentadas- protestas de las feministas con una suerte de inquisición y un ataque a la libertad de expresión. Y parece mentira que algunos perciban con tanta nitidez el puño de hierro de ese presunto lobby feminazi censurador cuando la misoginia y el machismo que asesina, discrimina, cosifica, sexualiza, acosa, viola y tortura día tras día a la mitad de la población del mundo goza de perfecta salud en nuestra cultura y nuestras instituciones. Por lo tanto, en una sociedad con una desigualdad tan evidente, tiene que poder más la lucha contra el patriarcado que el derecho de los humoristas a decir según qué chorradas.

Como epílogo, señalaría que creo en la necesidad de entender el humor como un arte independiente en muchos sentidos de la política. No se le puede exigir a La Vida Moderna ni a Ignatius una formación y una militancia a prueba de bombas, y se debe reconocer su talento artístico a pesar de sus bandazos, del mismo modo que uno puede admirar el fútbol de Maradona a pesar de que fuera de los terrenos de juego haya sido siempre un perfecto impresentable. No obstante, al ser la política algo inherente a cualquier ámbito de la cultura, no podemos prescindir de un humor negro más comprometido y que, dentro de su libertad para ser salvaje, sea pedagógico y no enaltecedor de la barbarie. Se me ocurre esta escena de la maravillosa Amanece que no es poco para comprender cómo se puede hacer comedia sobre temas tan espinosos como la violencia de género sin resultar irrespetuoso y logrando, dentro de lo absurdo, una nítida impugnación de la opresión en cuestión. Y para conseguir ese humor negro, crudo pero progresista, oscuro pero humano, es imperativa toda crítica que se pueda hacer a las bromas que, en lugar de sátira, hagan apología del machismo, el racismo y otras formas de dominación. Y esto, lejos de ser censura, es beneficioso, porque purga los elementos más reaccionarios de la sociedad. De ahí que sketches sobre la violencia de género como este nos parezcan, a día de hoy, relativamente impensables. De ahí que Ignatius deba aprender del feminismo para que quienes lo admiramos podamos sentirnos orgullosos y no avergonzados.

domingo, 12 de marzo de 2017

La Sexta: hegemonía progre



Progres, progres everywhere
Recuerdo que, al leer esta noticia el pasado noviembre, me propuse escribir sobre un tema que me viene interesando y quitando el sueño desde hace varios años: La Sexta y el nada desdeñable rol de intelectual orgánico de la progresía española que gustosamente ha ejercido y ejerce de un tiempo a esta parte. Cuatro meses ya desde que el CIS revelara ese sorpasso mediático de la cadena de Atresmedia sobre TVE como principal referente informativo, ya va siendo hora de juntar unas letritas al respecto. Ruego a mis estimados lectores y lectoras que disculpen la demora y la sequía literaria que ha atravesado el blog últimamente. Pero bueno, esto es Felices Mierdas, qué hostias queréis.

Una clara apuesta por llevar la política a la pequeña pantalla 

En la última década -a raíz del estallido de la crisis económica, principalmente-, se ha producido un indiscutible aumento del interés de la ciudadanía española por la política. Por razones obvias, al haber disminuido el nivel de vida de las clases medias y subalternas, temas como la economía, la corrupción y las cuestiones sociales comenzaron a hacerse un hueco en las sobremesas de las tabernas ibéricas, llegando progresivamente a copar todos los espacios del debate público. Como todo lo que interesa da audiencia (y viceversa), la mayoría de las televisiones no tardaron en advertir esta politización y optaron por ofrecer un poco menos de fútbol y de prensa rosa y más contenido social en sus respectivas carteleras. Así, en un país donde siempre había estado mal visto hablar de política, esta entró por la puerta grande en la caja tonta. Y La Sexta es, sin discusión, la cadena que mejor entendió su potencial como producto mediático, seguramente porque apostó por ello desde su origen. Recuerdo Sexto Sentido, un programa de entrevistas presentado por Mamen Mendizábal, Helena Resano y Cristina Villanueva en 2006/2007 -primer año de vida del canal-, que no tuvo éxito simplemente porque, en esos años de relativa bonanza económica, el pueblo español tenía preocupaciones menos edificantes.   

El caso es que el canal verde ha mostrado siempre una intención de politizar la parrilla televisiva, habiendo llegado hasta un punto en el que es difícil encontrar un minuto del día en el que uno sintonice el dial 6 y no encuentre en su pantalla a un progre diciendo cosas de progre. Desde la denuncia social del “incómodo” Jordi Évole en Salvados (quizás, aún con sus límites, el programa más antisistema que uno pueda encontrar en un medio de comunicación de masas), hasta los “mordaces” e “hilarantes” comentarios del Gran Wyoming en El Intermedio, pasando por el periodismo “contestatario” y “carente de ideología” -todas estas comillas pretenden ser sarcásticas, sí- enarbolado por el matrimonio Pastor-Ferreras, sumado a los Javier Aroca, Elisa Beni o cualquier tertuliano de La Sexta Noche que se enfrente en buena lid al enternecedor dúo Inda-Marhuenda, conforman desde hace años un elenco de progres de incontestable parangón que ha convertido a esta cadena en la más politizada del panorama televisivo actual. Y así se explica que, según el CIS de noviembre, sea la principal opción de los españoles a la hora de informarse, así como su trascendental papel como creadora de discurso y argumentario socialdemócrata.

¿Es La Sexta de izquierdas? 

Si La Sexta ofrece un contenido que se desmarca notablemente del relato hegemónico liberal-conservador no lo hace para transgredir, sino para acercarse a un target determinado, más a la izquierda del centro político. Cabe señalar que izquierda y derecha son siempre conceptos relativos, dependientes de un contexto que ya viene dado (no era lo mismo ser de derechas en la URSS de 1935 que en la España de 2017, por poner un ejemplo). Ese contexto no es sino el sentido común de la gente de un colectivo determinado en una época determinada, siempre contingente y susceptible de resignificación, y por ello permanentemente en disputa entre actores con capacidad de comunicación y producción hegemónica. Y este último matiz es importante: por supuesto que tenemos prensa independiente, autofinanciada y libre, con contenido anticapitalista, pero con un poder de influencia muy limitado en comparación con el de los grandes grupos de comunicación. Incluso en la época de Internet, en la que supuestamente nos hemos acercado como nunca antes a una democratización de la información, en la que cualquier rojeras barbilampiño puede hacerse una cuenta de Youtube o un Blog de mierda y construir hegemonía entre sus hermanos proletarios, el cuarto poder está en el papel y, cómo no, en la televisión. En los grandes periódicos y en las grandes televisiones, para ser más exactos. Y, nos guste o no, lo más transgresor que la ciudadanía española puede consumir entre los medios realmente influyentes es este capricho personal del Marqués de Lara, que quiso conseguir con La Sexta el dinero y los espectadores a los que jamás habría podido acceder con sus productos destinados a una audiencia más conservadora, como Antena3 y La Razón. No hay que olvidar que el principal objetivo de un medio privado no es informar, ni formar, ni siquiera entretener, sino -al igual que el de cualquier empresa- el beneficio económico. Por lo tanto, conviene no obviar nunca los límites de una televisión burguesa y privada donde impera la lógica de mercado, independientemente de lo subversivos que puedan resultar sus contenidos.

Un clásico argumento liberal es que el monopolio tiende a uniformizar, mientras que la competencia crea diversidad. Así, el intervencionismo y la burocracia estatal desembocan en una prensa única y totalitaria, mientras que en las democracias burguesas fervientemente entregadas al libre mercado contamos con un inmenso abanico de propuestas y discursos diferentes que garantizan el pluralismo. La cruda realidad es que el liberalismo también opera con la lógica del pensamiento único, pero de una manera mucho más sutil que la burda propaganda unipartidista: el liberalismo crea pensamiento único a través de –y por paradójico que pueda resultar- la dicotomía: PP vs PSOE, Coca Cola vs Pepsi, Zara vs Mango, La Sexta vs Antena 3, o incluso el binarismo de género. No hay nada mejor para el éxito económico que polarizar un mercado entre dos opciones teóricamente antagónicas que, disputándose el centro, difieran en lo accesorio y converjan en lo fundamental, dejando fuera y condenando al ostracismo a toda opción que parta desde fuera de esas fronteras. Así, en nuestro panorama mediático, La Sexta denota claramente el límite a la izquierda de las propuestas y perspectivas políticas aceptables para el establishment. Siendo todo lo agitadora que la dejen ser, cumple un papel de disidencia controlada que, aún con un discurso presuntamente rebelde, empapa de legitimidad al poder, pues dota a este de una apariencia de pluralismo y de libertad que jamás podría conseguir la propaganda laudatoria propia de las dictaduras. 

Palos y zanahorias a Podemos

"Pablo, id tirando que el niño se duerme"

Resulta difícil imaginar la efervescencia que experimentó la formación morada a principios de 2014 sin la popularidad que precisamente había adquirido Pablo Iglesias a base de discutir con Eduardo Inda en el plató de La Sexta Noche. Además, no es complicado percibir la simpatía de Ferreras y varios de sus compañeros por el partido de Vistalegre, por lo que se ha creado en el imaginario colectivo una suerte de tándem relativamente articulado entre unos y otros. Las interpretaciones más obtusas y facilonas de este fenómeno, tanto desde la derecha rancia como la izquierda extraparlamentaria, han acusado durante los últimos años a La Sexta de aupar mediáticamente a la nueva fuerza política. Y esto es en parte cierto: de hecho, según la noticia adjuntada al inicio de este escrito, más de la mitad de espectadores que se informan a través de la cadena verde son votantes de Podemos.

Sin embargo, me gustaría señalar un par de cuestiones sobre la indiscutible sintonía entre Podemos y la cadena de Atresmedia. ¿Expone hasta la extenuación La Sexta a su partido fetiche por simpatía política o porque le genera audiencia? Esta sobreexposición, más basada en el partido y en sus rostros que en sus propuestas, más centrada en sus escándalos que en sus programas, ¿beneficia realmente a Podemos? Ese buen trato de Ferreras a Iglesias y a los suyos, ¿es enaltecimiento o domesticación? Ha habido y hay una dinámica bastante bien acompasada en  Al Rojo Vivo cuando los púrpuras ocupan el punto del día: el facha de turno critica a la persona de Podemos en cuestión por antisistema, el presentador lo defiende colocando a Podemos dentro del sistema -"¡Qué va a ser Podemos como Venezuela/ETA/Irán, hombre! Esta gente defiende la legalidad imperante, la democracia y el estado de derecho"-, favoreciendo así la representación simbólica de un Podemos determinado, conectando con la facción más moderada, sumisa, amable y descafeinada de la formación. 

Nos queda entonces una relación complicada y llena de claroscuros entre televisión y partido político. La citada sobreexposición ha acabado convirtiéndose muchas veces en un regalo envenenado para Podemos, que ha visto así cómo se acentuaba su eterno dilema entre un discurso plebeyo o uno transversal. Si se desea la promoción de determinados medios al servicio del capital, uno ha de estar preparado para ejecutar ciertas concesiones ideológicas que derivan en una excesiva moderación del relato. En cambio, si se opta por la impugnación de lo existente, por el "de fuera a dentro" del que -en opinión de quien escribe- subyacen los principales puntos fuertes de Podemos, las manipulaciones, las campañas mediáticas, los zarpazos y la demonización son ineludibles. Y ese odio de la prensa burguesa daña y estorba, pero siempre va a ser garantía de que algo se está haciendo bien. En cualquier caso, se ha de tener en cuenta que los medios en general operan en la encrucijada que divide a las múltiples sensibilidades de Podemos, y no hay que obviar nunca los riesgos que esto conlleva. Pues La Sexta es la cara más amable del régimen, pero precisamente por ello es una de las más peligrosas.

sábado, 5 de noviembre de 2016

Borat, lecciones culturales de un genio judío para beneficio de Occidente



Un tanga y una película para la historia


 "- En este país los que se besan son los que van mariposeando. Aléjese de los que dan besos.

- En mi país cogen a ellos, luego van a cárcel, y allí acabados.

- Eso es lo que intentamos hacer aquí."

Conversación entre Borat y un ciudadano norteamericano en el rodeo. 

Recientemente se han cumplido 10 años del estreno cinematográfico de Borat: Cultural Learnings of America for Make Benefit Glorious Nation of Kazakhstan y, al igual que hiciera con Idiocracia en el bautismo de fuego de este modesto pero orgulloso blog, me gustaría dedicarle a la película un par de párrafos para honrar y celebrar con divertido y gracioso retraso (cronológico) el cumplimiento de tan redonda efeméride. 

Tras desvirgarse en el celuloide con la divertida, púber y porreta Ali G anda suelto (2002), Sacha Baron Cohen volvió a llevar en 2006 a la gran pantalla a uno de los personajes que le hicieron famoso en las televisiones de Gran Bretaña y Estados Unidos. El resultado fue este mockumentary, género con el que el judío ha consumado sus más gloriosas obras, en opinión de quien escribe. Bruno (otro film protagonizado por un personaje creado anteriormente por Cohen para la pequeña pantalla) se encargaría de confirmar en 2009 que el falso documental y las cámaras ocultas forman el marco perfecto para las gamberras, extremas, escatológicas, suicidas y siempre vergonzantes barrabasadas del humorista. De hecho, ni El Dictador (2012) ni Agente Contrainteligente (2016), más cercanas a comedias de índole más convencional (aunque también impregnas del inconfundible estilo de su protagonista), consiguen acercarse siquiera a sus predecesoras en cuanto a hilaridad, y uno sospecha que ello responde no sólo a cuestiones de calidad, sino también de formato. 

Al lío. Borat Sagdiyev es un periodista kazajo con la misión de grabar un reportaje sobre el folclore norteamericano, en aras de extraer enseñanzas de la mayor democracia del mundo para su atrasado país, donde el violador de pueblo campa a sus anchas y el mecánico es también el abortador oficial -el gobierno de Kazajistán vituperó la película al sentirse, no sin razón, ofendido por el contenido, aunque más adelante cambiaría su parecer ante los beneficios turísticos que resultaron del éxito de la cinta-. El salvaje contraste entre las costumbres yankees y la medieval ideología del reportero centroasiático es el hilo conductor de esta retahíla de encontronazos culturales, chabacanas desventuras, y, por supuesto, repugnantes e innecesariamente explícitos momentos ‘made in Sacha’. La inenarrable pelea nudista entre Borat y su ayudante Azamat (Ken Davitian) y la escena en la que nuestro héroe muestra sus propias heces y estampas del nada desdeñable bálano de su hijo adolescente a la distinguida familia que pretende presentarle en sociedad, entre otras inolvidables escenas, provocan risa, incomodidad y vergüenza ajena como pocas cosas. Si Baron Cohen está considerado uno de los grandes en cuanto a incorrección política y transgresión, estos 80 minutos tienen gran parte de culpa. 

No obstante, la grandeza de esta obra no arraiga únicamente en su bestial comicidad. Tampoco en su legendario arranque, seguramente entre los mejores de la historia del séptimo arte. Ni siquiera en las presuntamente antagónicas diferencias entre el antisemita y misógino Borat y el civilizado país que visita. Borat es todo lo contrario, Borat es principalmente (y no hace falta ser especialmente perspicaz para cerciorarse de ello), una lúcida parodia de la decadencia espiritual de occidente en general y Estados Unidos en particular. Al igual que en Bruno, Sacha Baron Cohen utiliza un personaje completamente amoral e impresentable para, en confrontación con el statu quo, mostrar las miserias de la cultura yankee en toda su esencia. Y precisamente ahí se constata que el falso documental es el género ideal para que luzca la irreverente sátira tan característica del actor judío. Porque si algo demuestra esta película es que la realidad supera a la ficción. Que en la tierra de la libertad, heredera del racionalismo, la democracia, la ilustración y los valores más elevados existe un racismo, una homofobia, un machismo y una ignorancia que dejan en un juego de niños al propio Borat, que no es sino la estereotipada caricatura que nos pintan a diario de países musulmanes de cuya (atribuida) bajeza ética y cultural quizás no estemos tan lejos. Esta idea alcanza su cénit en la visita del kazajo al rodeo, donde un graderío abarrotado de potenciales votantes de Donald Trump (o de Hillary Clinton, por qué no) aplaude sin rubor las barbaridades beligerantes que el reportero va despotricando durante su arenga de apoyo a EEUU en su intervención en Irak.

Este largometraje ganó un Globo de Oro al mejor actor en una comedia o musical y recibió una nominación al Oscar al mejor guion adaptado. Nada mal, teniendo en cuenta lo underground del proyecto y lo difícil que es que tomen en serio a un cómico en la escena audiovisual donde impera la creencia de que el humor no es capaz de plantear reflexiones interesantes. Pero la única verdad es que, independientemente del género y de la temática, hay películas buenas, películas malas, y películas mierda. Y Borat es una de las primeras. Por favor, ustedes ver.