viernes, 30 de septiembre de 2016

¿Se va el PSOE definitivamente a la mierda?


Cuando el plazo para volver a intentar formar gobierno apenas supera los 30 días, el Partido Socialista Obrero Español se encuentra sumido en una crisis sin precedentes, provocada por las incendiarias declaraciones de Felipe González, según las cuales Pedro Sánchez habría faltado a su promesa de abstenerse en el segundo intento de investidura de Rajoy. El rechazo del histórico dirigente (principal representante junto a Susana Díaz, Cebrián y El País de una suerte de vieja guardia socialista que nunca ha visto con malos ojos apoyar de forma tácita un gobierno del PP), ha desembocado en 17 dimisiones del sector crítico en la ejecutiva, que no pretenden sino la salida de Sánchez. El todavía secretario general, sabedor del apoyo que le profesa la militancia, ha mantenido su intención de convocar unas primarias para noviembre en el Comité Federal del próximo sábado. Tenemos, pues, un cisma que amenaza con sedimentar en una irreversible degeneración del partido que podría alcanzar su cénit (o tocar fondo, según se mire) en la pasokización*.

No hace falta explicar por qué la guerra interna que se respira en el seno del que haya sido el principal partido del llamado régimen del 78 supone per se un momento histórico de vital importancia política más allá de Ferraz. Conviene analizar bien las causas de la encrucijada socialista y preguntarse qué clase de escenario cabría esperar de confirmarse el óbito del puño y la rosa.

Cuando las contradicciones te estallan en la cara 

El Partido Socialista se ha constituido históricamente como la columna vertebral del sistema político naciente del final de la dictadura franquista. Tras la liquidación de Llopis y demás líderes históricos en el Congreso de Suresnes, la posterior renuncia al marxismo en 1979, y encabezado por el carisma y el atractivo de González, supo transmitir cambio y seguridad en el marco de la transición, donde el miedo fue un actor a tener en cuenta (sobre este tema, conviene leer El PCE y el PSOE en (la) Transición, de Juan Andrade). Una vez en el gobierno, supo aglutinar las demandas de una clase media incipiente, supo encarnar la modernización que desprendía la entrada en Europa y supo ser la organización que más se parecía a España. Y, por supuesto, supo ocupar el hemisferio izquierdo de un bipartidismo que prosperó años y años, acercándose a la perfección en la segunda legislatura de Zapatero, en la que los dos partidos del turno sumaban alrededor del 85% de los votos. Como poli bueno, como centro izquierda del régimen, el PSOE siempre ha sido concebido en el imaginario colectivo como una fuerza progresista y más o menos de izquierdas, algo totalmente incompatible con las políticas que tradicionalmente ha llevado a cabo. No obstante, hay que reconocer que la farsa funcionó más de lo deseable: el tan manido “PSOE y PP, la misma mierda es”, la idea de que desde Ferraz se defendían los mismos intereses que desde Génova, no empieza a calar en un sector amplio de la población hasta el 15M. 

Unos años antes, la crisis financiera de 2008 había empezado a poner en evidencia las muchas contradicciones que llevaba cabalgando durante mucho tiempo el partido socialdemócrata. Es en ese periodo donde se percibe de forma cristalina la imposibilidad de realizar políticas redistributivas en una Unión Europea tan neoliberal que no tolera ni el reformismo, la destrucción de las expectativas de vida de las clases medias, la sumisión de Zapatero y de sus homólogos europeos a las exigencias económicas de la Troika y la formación de un escenario post-político en el que prima la gestión racional de lo público sobre la ideología, las pasiones o los proyectos de país. A esta serie de problemas, perfectamente extrapolables a las democracias del entorno, hay que sumar un elemento que, de momento, sólo ha acontecido en España (y, algo antes, en Grecia): la aparición de un partido que amenazaba con tomar desde la izquierda el viejo espacio socialdemócrata. Un partido cuya juventud, maneras rompedoras e impía naturaleza constataban por contraste el cansancio, la vejez y la ausencia de ideología del PSOE. 

Todo esto iba a poner sobre la mesa una verdad demoledora: en lo fundamental, conservadores y progresistas están siempre de acuerdo. Todo esto es lo que ha estallado en el seno socialista y lo que ha certificado la existencia de dos almas dentro del partido: una socioliberal, arribista, con alma de régimen, pocos escrúpulos y nulas convicciones políticas, representada por la citada vieja guardia, para la que hasta Pedro Sánchez (o, en el pasado, Josep Borrell) supone un peligro. Otra, supuestamente progresista pero algo ingenua, siempre engañada y traicionada por la cúpula, encarnada tradicionalmente en la militancia. No obstante, convendría no idealizar a esta última como se ha hecho muchas otras veces, ya que ni por multitud (menos de 200.000 militantes en todo el Estado) ni por ideología ha demostrado fuertes convicciones reformistas. No olvidemos que esa misma militancia votó al desconocido pero apuesto Pedro Sánchez antes que a Pérez Tapias, el candidato de las últimas primarias que más podría merecer el calificativo de socialdemócrata. Ni que el propio Sánchez prefirió y preferiría gobernar con Ciudadanos antes que con otras fuerzas más progresistas. Además, sería demasiado benévolo para con el PSOE dotar a esta lluvia de cuchillos de honroso contenido ideológico cuando realmente sólo hay voluntad de poder y poltrona. El problema fundamental, lo único que realmente importa, es que las históricas incompatibilidades entre apariencias y acciones del partido que fundara Pablo Iglesias Posse han estallado como nunca antes. Y que, en segundo plano, aguarda paciente una joven organización dispuesta a rentabilizar lo que puede ser la defunción socialista. 


El regalo envenenado de Podemos

Resulta extremadamente complicado imaginarse esta inestabilidad sin el incesante empeño que ha puesto Podemos desde su nacimiento en dinamitar las contradicciones del PSOE. Como se ha dicho anteriormente, la formación púrpura siempre ha aspirado a invadir el espacio electoral y político ocupado desde hace décadas (desde la transición, principalmente) por socialistas, por lo que provocar y ahondar en esa inestabilidad se presentaba imprescindible. No es ningún secreto que Pablo Iglesias Turrión y los suyos hayan teorizado una y otra y otra y otra vez sobre la ventana de oportunidad que florecía para la izquierda transformadora a tenor de la crisis de la socialdemocracia europea en general y del partido de Ferraz en particular. 

Una vez conseguida la irrupción en las Cortes Generales, poco iba a tardar ‘Coleta Morada’ en advertir a Pedro Sánchez de la particular espada de Damocles que pendía sobre su testa. Desde el primer momento, Podemos mostró su deseo de formar un gobierno de progreso y alternativo a Rajoy junto a socialistas y otras fuerzas del cambio. Para muchos era un enésimo y traicionero paso hacia la moderación de Iglesias y los suyos. Para otros (a los que hoy el tiempo parece dar la razón), un mefistofélico farol, una oferta que Sánchez no podía aceptar. La insistencia de Iglesias y los suyos no hacía sino acercar al PSOE a una encrucijada, hacia un punto de no retorno. Sánchez tendría que tomar partido entre el PP y Podemos, tendría que posicionarse en clave de régimen o abrazar unas políticas de izquierda que un sector importante de su partido jamás consentiría. Optó por ganar tiempo: lo intentó con Ciudadanos, huyó hacia adelante como pudo… pero su firmeza en el ‘no’ a Rajoy ha terminado por hacer insostenibles las tiranteces entre secretario general y barones. Si el objetivo de los púrpuras era efectivamente incendiar Ferraz, el resultado es incuestionable.

En definitiva, el panorama se presenta desolador para los socialistas, tanto si la vieja guardia termina por tomar las riendas como si Sánchez consigue salir con vida de la feroz caza de brujas a la que se enfrenta estos días. Si bien en otras ocasiones (principalmente en los últimos años) se ha anunciado antes de tiempo el hundimiento definitivo, ni los más veteranos recuerdan una inconsistencia semejante en el seno del partido. En cualquier caso, los enemigos de la oligarquía (y por ende del Patido Socialista Obrero Español) bien podemos sentarnos y disfrutar viendo cómo arde un órgano importantísimo del régimen.

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*'Pasokización' es un término proveniente del hundimiento electoral del Movimiento Socialista Panhelénico o PASOK, considerado históricamente el homólogo griego del PSOE, que se ha convertido en los últimos años en una fuerza residual en detrimento de Syriza. La pasokización ha sido siempre un objetivo capital de Podemos en su lucha por ocupar el espacio tradicional socialdemócrata.

martes, 20 de septiembre de 2016

Idiocracia: ¿Década perdida?


  “Hubo una época en este país en la que la gente lista hacía cosas” 
No Sé, presidente de EE.UU., sobre los catalanes

El pasado 1 de septiembre se cumplieron 10 años del estreno en taquillas norteamericanas de Idiocracia, la que es posiblemente la mejor y única comedia distópica que haya visto en mi vida. Un largometraje desconocido, menospreciado, incomprendido y olvidado, que tristemente no pasará a la historia ni como película de humor ni como sátira de la decadente y banal cultura yankee, si bien siempre sabrá hacer reír y pensar a porretas y a mentes inquietas que obvien el halo de americanada chorra que pudiera desprender la cinta a primera vista.

Al igual que George Orwell en 1984 y Aldous Huxley en Un mundo feliz, Mike Judge nos relata en esta película la lucha de un protagonista contra un sistema político indeseable, que en este caso no es sino el producto de una progresiva degeneración de la mal llamada mayor democracia del mundo. La historia comienza en 2005, cuando el ejército de los Estados Unidos congela en un experimento militar a Joe Bauers (Luke Wilson), un “sorprendentemente mediocre” oficial del ejército y a Rita (Maya Rudolph), una prostituta negra sin más familia que su chulo. La criogenización resulta exitosa, pero la investigación se ve truncada y ambos personajes caen en el olvido, permaneciendo ateridos durante siglos. El gélido letargo ve su fin en 2505, y es ahí cuando el filme comienza a ponerse interesante, cuando el espectador empieza a degustar la irreverente, mordaz, divertida e inteligente caricatura del american way of life que es Idiocracia

Cuando Joe Bauers abandona quinientos años después la cabina que lo ha mantenido ajeno al mundo exterior, se encuentra un estado fallido, un país donde la humanidad se ha vuelto tan imbécil que es incapaz de gestionar con éxito problemas tan elementales como la recogida de basura. Un país gobernado por una superestrella porno, un país en el que la prensa escrita sólo publica tetas, un país en el que el arte y el entretenimiento audiovisual no pasan de la violencia y el slapstick, un país donde leer es de maricones, donde la gente es macarra, vulgar y soez y sólo responde a los llamados de la pasta. Un país donde los logotipos de las multinacionales decoran los estrados de los parlamentos y los uniformes de los letrados, un país donde se riegan las plantas con bebidas isotónicas y donde impera la comida basura. Con la ayuda de Rita y de su estúpido abogado del futuro Frito Pendejo (Dax Shepard), Joe tratará de encontrar una máquina del tiempo que lo ayude a regresar al pasado, en lo que es un cúmulo de jocosas vicisitudes que ilustran a la perfección las miserias de una sociedad devastada por la idiotez.

Al contrario que en las citadas obras de Orwell y Huxley, el objeto de crítica de esta distopía no es una ciudadanía perfectamente controlada por el totalitarismo de un Gran Hermano omnipresente ni por una falsa e ilusoria felicidad proporcionada por la eugenesia. Idiocracia ni siquiera es una sociedad aparentemente perfecta. Aquí las cosas no funcionan, aquí el mundo se ha ido directamente a la mierda por culpa de la estupidez. Y si bien el mensaje es totalmente certero (“un pueblo superficial y presa del culto a la mediocridad está condenado a la explotación”), la explicación que se da en el prólogo de la cinta a que la imbecilidad sea hegemónica en el siglo XXVI es lo que más me chirría, lo que me impide catalogar de redonda esta sátira a la ignorancia. Los primeros minutos de la película cuentan que la gente de los EE.UU. será imbécil en 2505 porque los tontos (representados por gañanes, por pobres, por gordos, por paletos) procrean con la facilidad, fertilidad e imprudencia de los conejos y porque los listos (encarnados en una elegante y educada pareja de clase media) son demasiado responsables para crear descendencia a la ligera. Vamos, el típico discurso clasista tan común en la cultura anglosajona (e incluso española: ahí está la estigmatización de canis y chonis en Callejeros, Hermano Mayor y programas del estilo), tan bien detectado y criticado por Owen Jones en Chavs. Un enfoque desafortunado y ciertamente indigno de una historia tan aguda y subversiva.

Brawndo o la agitadora crítica al capitalismo de una comedia de serie B

Sí podemos y debemos centrarnos en otros aspectos más brillantes de la tesis “idiocrática”. El principal enemigo a abatir en esta distopía no es una suerte de Nomenklatura soviética ni un maniqueo tirano. Tampoco lo son los políticos, que son tan pobres y tan bobos como cualquiera. Quien se beneficia de la miseria y del control de la gente (y aquí es donde el delator dedo de Idiocracia señala con gran acierto) son las multinacionales, las grandes empresas, los poderes fácticos, la burguesía, los amos del mundo, los que realmente coercen a su antojo, aquellos con un poder que no pasa ningún filtro democrático en forma de elecciones pero cuya preponderancia es insultantemente superior a la de ningún parlamento. Simbolizada en Brawndo, una especie de Gatorade que en 2505 llega incluso a sustituir el agua como principal alimento de animales y plantas, la propiedad privada aparece en el film como un insaciable tiburón que, en aras de mantener y extender incesantemente su dominio, es capaz de atentar contra los derechos más inalienables del ser humano. La compañía de refrescos llega a hacerse dueña y señora de la totalidad de la pirámide alimenticia, y cimienta su imponente opulencia en sequías y un descenso del nivel de vida de la gente corriente. Cuando a las multinacionales les va bien, a los pobres les va mal. Y cuando Joe Bauers empieza a hacer que a los pobres les vaya bien, a Brawndo le va mal y decide intervenir para recuperar su poder. Ni Barrio Sésamo habría explicado con más claridad la existencia de intereses antagónicos de clase.

Son las multinacionales las que se cargan el mundo, las que condenan a la mayoría a la miseria, las que nos mantienen dóciles e imbéciles y las que temen como al fin de los días que algún día dejemos de serlo. Es la búsqueda de beneficio inherente al sistema capitalista la que lleva al ser humano a prescindir del agua, acabando con las cosechas, con la fauna y con la vida para incrementar la riqueza de unos pocos. Una lección que obviamos demasiado a menudo y que nos recuerda Idiocracia: el problema está en la naturaleza del sistema, no en sus excesos. Porque esto no va de bufidos de indignación en la barra de un bar ante un caso de corrupción, ni de envalentonados pero estériles insultos de odio personal a un político golfo y ladrón, ni de una cínica crítica a la idiosincrasia humana para lavar la conciencia propia. Esta película, esta simple y sencilla comedia cutre nos pone en la puta cara, y en forma de comedia cutre, una verdad devastadora. La más fabulosa y perfecta crítica al capitalismo, de hecho: la propiedad privada atenta necesariamente contra la democracia, ergo hay que abolirla.


Dwayne Elizondo Camacho, política-espectáculo y Maquiavelo

Jamás me perdonaría acabar este escrito sin exaltar mi admiración y afecto por el mejor personaje del filme. Interpretado con enérgico vigor por el carismático y musculoso Terry Crews, Dwayne Elizondo Camacho es el Presidente de los EE.UU. de 2505, aunque en su heterogéneo pasado también figuran honores como los de actor porno y pentacampeón mundial de lucha total. Camacho no es un gran orador, ni una persona brillante, ni tampoco se le presuponen muchas lecturas, pero su arrolladora personalidad le basta para ganar comicios en un país donde el electorado no cuenta con demasiadas inquietudes culturales.

La escena de la Cámara de Representantes muestra cómo, a pesar de su falta de formación intelectual, el excéntrico presidente parece tener aprehendidas las reflexiones de Nicolás Maquiavelo sobre el poder. Según el autor florentino, todo grupo de poder domina como un centauro, a través de una naturaleza dicotómica, formada por una parte animal (fuerza bruta y coerción) y otra humana (consenso e ideología). Así, ni la dictadura más tiránica desecha cualquier intento de convencer a los subalternos de la idoneidad de su posición preponderante, ni la democracia más igualitaria que pudiéramos imaginar podría estar exenta de cualquier tipo de autoridad. Cuando salta al Congreso con una puesta en escena digna de una estrella de Pressing Catch, Camacho demuestra conocer los códigos a través de los cuales su oposición política y su electorado entienden el mundo. Les habla en su idioma, gritando, cantando, alzando con imponente firmeza sus dedos corazones y utilizando un lenguaje soez. Sabe que, en la política-espectáculo, las luces, los improperios y el carisma tienen las de ganar ante la lógica y la reflexión. Sin embargo, cuando la oposición pone en duda su legitimidad como dirigente, no duda en sacar la metralleta para amedrentar cualquier atisbo de disidencia. Primero como humano y luego como caballo, el presidente juega sus cartas con maestría y mantiene el poder en una situación de clara inestabilidad política. Otra importante lección que nos regala Idiocracia. Si en tiempos de excepcionalidad los discursos radicales o populistas tienen más posibilidades de resultar exitosos, no cabe duda de que Dwayne Elizondo Camacho se habría desenvuelto como pez en el agua en los platós de LaSexta Noche. 

En definitiva, nos hallamos ante unos 80 minutos de sorprendente lucidez, simpático humor y un par de recados nada desdeñables. Ha pasado ya más de una década y ni su mensaje ni espíritu han perdido un ápice de frescura. Quién sabe si esta película no se irá haciendo más actual con el paso del tiempo. Vedla quienes que no hayáis tenido el gusto. Y eso, no se me da bien acabar textos.