martes, 20 de septiembre de 2016

Idiocracia: ¿Década perdida?


  “Hubo una época en este país en la que la gente lista hacía cosas” 
No Sé, presidente de EE.UU., sobre los catalanes

El pasado 1 de septiembre se cumplieron 10 años del estreno en taquillas norteamericanas de Idiocracia, la que es posiblemente la mejor y única comedia distópica que haya visto en mi vida. Un largometraje desconocido, menospreciado, incomprendido y olvidado, que tristemente no pasará a la historia ni como película de humor ni como sátira de la decadente y banal cultura yankee, si bien siempre sabrá hacer reír y pensar a porretas y a mentes inquietas que obvien el halo de americanada chorra que pudiera desprender la cinta a primera vista.

Al igual que George Orwell en 1984 y Aldous Huxley en Un mundo feliz, Mike Judge nos relata en esta película la lucha de un protagonista contra un sistema político indeseable, que en este caso no es sino el producto de una progresiva degeneración de la mal llamada mayor democracia del mundo. La historia comienza en 2005, cuando el ejército de los Estados Unidos congela en un experimento militar a Joe Bauers (Luke Wilson), un “sorprendentemente mediocre” oficial del ejército y a Rita (Maya Rudolph), una prostituta negra sin más familia que su chulo. La criogenización resulta exitosa, pero la investigación se ve truncada y ambos personajes caen en el olvido, permaneciendo ateridos durante siglos. El gélido letargo ve su fin en 2505, y es ahí cuando el filme comienza a ponerse interesante, cuando el espectador empieza a degustar la irreverente, mordaz, divertida e inteligente caricatura del american way of life que es Idiocracia

Cuando Joe Bauers abandona quinientos años después la cabina que lo ha mantenido ajeno al mundo exterior, se encuentra un estado fallido, un país donde la humanidad se ha vuelto tan imbécil que es incapaz de gestionar con éxito problemas tan elementales como la recogida de basura. Un país gobernado por una superestrella porno, un país en el que la prensa escrita sólo publica tetas, un país en el que el arte y el entretenimiento audiovisual no pasan de la violencia y el slapstick, un país donde leer es de maricones, donde la gente es macarra, vulgar y soez y sólo responde a los llamados de la pasta. Un país donde los logotipos de las multinacionales decoran los estrados de los parlamentos y los uniformes de los letrados, un país donde se riegan las plantas con bebidas isotónicas y donde impera la comida basura. Con la ayuda de Rita y de su estúpido abogado del futuro Frito Pendejo (Dax Shepard), Joe tratará de encontrar una máquina del tiempo que lo ayude a regresar al pasado, en lo que es un cúmulo de jocosas vicisitudes que ilustran a la perfección las miserias de una sociedad devastada por la idiotez.

Al contrario que en las citadas obras de Orwell y Huxley, el objeto de crítica de esta distopía no es una ciudadanía perfectamente controlada por el totalitarismo de un Gran Hermano omnipresente ni por una falsa e ilusoria felicidad proporcionada por la eugenesia. Idiocracia ni siquiera es una sociedad aparentemente perfecta. Aquí las cosas no funcionan, aquí el mundo se ha ido directamente a la mierda por culpa de la estupidez. Y si bien el mensaje es totalmente certero (“un pueblo superficial y presa del culto a la mediocridad está condenado a la explotación”), la explicación que se da en el prólogo de la cinta a que la imbecilidad sea hegemónica en el siglo XXVI es lo que más me chirría, lo que me impide catalogar de redonda esta sátira a la ignorancia. Los primeros minutos de la película cuentan que la gente de los EE.UU. será imbécil en 2505 porque los tontos (representados por gañanes, por pobres, por gordos, por paletos) procrean con la facilidad, fertilidad e imprudencia de los conejos y porque los listos (encarnados en una elegante y educada pareja de clase media) son demasiado responsables para crear descendencia a la ligera. Vamos, el típico discurso clasista tan común en la cultura anglosajona (e incluso española: ahí está la estigmatización de canis y chonis en Callejeros, Hermano Mayor y programas del estilo), tan bien detectado y criticado por Owen Jones en Chavs. Un enfoque desafortunado y ciertamente indigno de una historia tan aguda y subversiva.

Brawndo o la agitadora crítica al capitalismo de una comedia de serie B

Sí podemos y debemos centrarnos en otros aspectos más brillantes de la tesis “idiocrática”. El principal enemigo a abatir en esta distopía no es una suerte de Nomenklatura soviética ni un maniqueo tirano. Tampoco lo son los políticos, que son tan pobres y tan bobos como cualquiera. Quien se beneficia de la miseria y del control de la gente (y aquí es donde el delator dedo de Idiocracia señala con gran acierto) son las multinacionales, las grandes empresas, los poderes fácticos, la burguesía, los amos del mundo, los que realmente coercen a su antojo, aquellos con un poder que no pasa ningún filtro democrático en forma de elecciones pero cuya preponderancia es insultantemente superior a la de ningún parlamento. Simbolizada en Brawndo, una especie de Gatorade que en 2505 llega incluso a sustituir el agua como principal alimento de animales y plantas, la propiedad privada aparece en el film como un insaciable tiburón que, en aras de mantener y extender incesantemente su dominio, es capaz de atentar contra los derechos más inalienables del ser humano. La compañía de refrescos llega a hacerse dueña y señora de la totalidad de la pirámide alimenticia, y cimienta su imponente opulencia en sequías y un descenso del nivel de vida de la gente corriente. Cuando a las multinacionales les va bien, a los pobres les va mal. Y cuando Joe Bauers empieza a hacer que a los pobres les vaya bien, a Brawndo le va mal y decide intervenir para recuperar su poder. Ni Barrio Sésamo habría explicado con más claridad la existencia de intereses antagónicos de clase.

Son las multinacionales las que se cargan el mundo, las que condenan a la mayoría a la miseria, las que nos mantienen dóciles e imbéciles y las que temen como al fin de los días que algún día dejemos de serlo. Es la búsqueda de beneficio inherente al sistema capitalista la que lleva al ser humano a prescindir del agua, acabando con las cosechas, con la fauna y con la vida para incrementar la riqueza de unos pocos. Una lección que obviamos demasiado a menudo y que nos recuerda Idiocracia: el problema está en la naturaleza del sistema, no en sus excesos. Porque esto no va de bufidos de indignación en la barra de un bar ante un caso de corrupción, ni de envalentonados pero estériles insultos de odio personal a un político golfo y ladrón, ni de una cínica crítica a la idiosincrasia humana para lavar la conciencia propia. Esta película, esta simple y sencilla comedia cutre nos pone en la puta cara, y en forma de comedia cutre, una verdad devastadora. La más fabulosa y perfecta crítica al capitalismo, de hecho: la propiedad privada atenta necesariamente contra la democracia, ergo hay que abolirla.


Dwayne Elizondo Camacho, política-espectáculo y Maquiavelo

Jamás me perdonaría acabar este escrito sin exaltar mi admiración y afecto por el mejor personaje del filme. Interpretado con enérgico vigor por el carismático y musculoso Terry Crews, Dwayne Elizondo Camacho es el Presidente de los EE.UU. de 2505, aunque en su heterogéneo pasado también figuran honores como los de actor porno y pentacampeón mundial de lucha total. Camacho no es un gran orador, ni una persona brillante, ni tampoco se le presuponen muchas lecturas, pero su arrolladora personalidad le basta para ganar comicios en un país donde el electorado no cuenta con demasiadas inquietudes culturales.

La escena de la Cámara de Representantes muestra cómo, a pesar de su falta de formación intelectual, el excéntrico presidente parece tener aprehendidas las reflexiones de Nicolás Maquiavelo sobre el poder. Según el autor florentino, todo grupo de poder domina como un centauro, a través de una naturaleza dicotómica, formada por una parte animal (fuerza bruta y coerción) y otra humana (consenso e ideología). Así, ni la dictadura más tiránica desecha cualquier intento de convencer a los subalternos de la idoneidad de su posición preponderante, ni la democracia más igualitaria que pudiéramos imaginar podría estar exenta de cualquier tipo de autoridad. Cuando salta al Congreso con una puesta en escena digna de una estrella de Pressing Catch, Camacho demuestra conocer los códigos a través de los cuales su oposición política y su electorado entienden el mundo. Les habla en su idioma, gritando, cantando, alzando con imponente firmeza sus dedos corazones y utilizando un lenguaje soez. Sabe que, en la política-espectáculo, las luces, los improperios y el carisma tienen las de ganar ante la lógica y la reflexión. Sin embargo, cuando la oposición pone en duda su legitimidad como dirigente, no duda en sacar la metralleta para amedrentar cualquier atisbo de disidencia. Primero como humano y luego como caballo, el presidente juega sus cartas con maestría y mantiene el poder en una situación de clara inestabilidad política. Otra importante lección que nos regala Idiocracia. Si en tiempos de excepcionalidad los discursos radicales o populistas tienen más posibilidades de resultar exitosos, no cabe duda de que Dwayne Elizondo Camacho se habría desenvuelto como pez en el agua en los platós de LaSexta Noche. 

En definitiva, nos hallamos ante unos 80 minutos de sorprendente lucidez, simpático humor y un par de recados nada desdeñables. Ha pasado ya más de una década y ni su mensaje ni espíritu han perdido un ápice de frescura. Quién sabe si esta película no se irá haciendo más actual con el paso del tiempo. Vedla quienes que no hayáis tenido el gusto. Y eso, no se me da bien acabar textos.

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