sábado, 5 de noviembre de 2016

Borat, lecciones culturales de un genio judío para beneficio de Occidente



Un tanga y una película para la historia


 "- En este país los que se besan son los que van mariposeando. Aléjese de los que dan besos.

- En mi país cogen a ellos, luego van a cárcel, y allí acabados.

- Eso es lo que intentamos hacer aquí."

Conversación entre Borat y un ciudadano norteamericano en el rodeo. 

Recientemente se han cumplido 10 años del estreno cinematográfico de Borat: Cultural Learnings of America for Make Benefit Glorious Nation of Kazakhstan y, al igual que hiciera con Idiocracia en el bautismo de fuego de este modesto pero orgulloso blog, me gustaría dedicarle a la película un par de párrafos para honrar y celebrar con divertido y gracioso retraso (cronológico) el cumplimiento de tan redonda efeméride. 

Tras desvirgarse en el celuloide con la divertida, púber y porreta Ali G anda suelto (2002), Sacha Baron Cohen volvió a llevar en 2006 a la gran pantalla a uno de los personajes que le hicieron famoso en las televisiones de Gran Bretaña y Estados Unidos. El resultado fue este mockumentary, género con el que el judío ha consumado sus más gloriosas obras, en opinión de quien escribe. Bruno (otro film protagonizado por un personaje creado anteriormente por Cohen para la pequeña pantalla) se encargaría de confirmar en 2009 que el falso documental y las cámaras ocultas forman el marco perfecto para las gamberras, extremas, escatológicas, suicidas y siempre vergonzantes barrabasadas del humorista. De hecho, ni El Dictador (2012) ni Agente Contrainteligente (2016), más cercanas a comedias de índole más convencional (aunque también impregnas del inconfundible estilo de su protagonista), consiguen acercarse siquiera a sus predecesoras en cuanto a hilaridad, y uno sospecha que ello responde no sólo a cuestiones de calidad, sino también de formato. 

Al lío. Borat Sagdiyev es un periodista kazajo con la misión de grabar un reportaje sobre el folclore norteamericano, en aras de extraer enseñanzas de la mayor democracia del mundo para su atrasado país, donde el violador de pueblo campa a sus anchas y el mecánico es también el abortador oficial -el gobierno de Kazajistán vituperó la película al sentirse, no sin razón, ofendido por el contenido, aunque más adelante cambiaría su parecer ante los beneficios turísticos que resultaron del éxito de la cinta-. El salvaje contraste entre las costumbres yankees y la medieval ideología del reportero centroasiático es el hilo conductor de esta retahíla de encontronazos culturales, chabacanas desventuras, y, por supuesto, repugnantes e innecesariamente explícitos momentos ‘made in Sacha’. La inenarrable pelea nudista entre Borat y su ayudante Azamat (Ken Davitian) y la escena en la que nuestro héroe muestra sus propias heces y estampas del nada desdeñable bálano de su hijo adolescente a la distinguida familia que pretende presentarle en sociedad, entre otras inolvidables escenas, provocan risa, incomodidad y vergüenza ajena como pocas cosas. Si Baron Cohen está considerado uno de los grandes en cuanto a incorrección política y transgresión, estos 80 minutos tienen gran parte de culpa. 

No obstante, la grandeza de esta obra no arraiga únicamente en su bestial comicidad. Tampoco en su legendario arranque, seguramente entre los mejores de la historia del séptimo arte. Ni siquiera en las presuntamente antagónicas diferencias entre el antisemita y misógino Borat y el civilizado país que visita. Borat es todo lo contrario, Borat es principalmente (y no hace falta ser especialmente perspicaz para cerciorarse de ello), una lúcida parodia de la decadencia espiritual de occidente en general y Estados Unidos en particular. Al igual que en Bruno, Sacha Baron Cohen utiliza un personaje completamente amoral e impresentable para, en confrontación con el statu quo, mostrar las miserias de la cultura yankee en toda su esencia. Y precisamente ahí se constata que el falso documental es el género ideal para que luzca la irreverente sátira tan característica del actor judío. Porque si algo demuestra esta película es que la realidad supera a la ficción. Que en la tierra de la libertad, heredera del racionalismo, la democracia, la ilustración y los valores más elevados existe un racismo, una homofobia, un machismo y una ignorancia que dejan en un juego de niños al propio Borat, que no es sino la estereotipada caricatura que nos pintan a diario de países musulmanes de cuya (atribuida) bajeza ética y cultural quizás no estemos tan lejos. Esta idea alcanza su cénit en la visita del kazajo al rodeo, donde un graderío abarrotado de potenciales votantes de Donald Trump (o de Hillary Clinton, por qué no) aplaude sin rubor las barbaridades beligerantes que el reportero va despotricando durante su arenga de apoyo a EEUU en su intervención en Irak.

Este largometraje ganó un Globo de Oro al mejor actor en una comedia o musical y recibió una nominación al Oscar al mejor guion adaptado. Nada mal, teniendo en cuenta lo underground del proyecto y lo difícil que es que tomen en serio a un cómico en la escena audiovisual donde impera la creencia de que el humor no es capaz de plantear reflexiones interesantes. Pero la única verdad es que, independientemente del género y de la temática, hay películas buenas, películas malas, y películas mierda. Y Borat es una de las primeras. Por favor, ustedes ver.

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